Un compendio de mis deambulaciones literarias y filosóficas, y otros yerros.
 
Ser y placer – 8. Un final feliz

Ser y placer – 8. Un final feliz

5
(1)

    —¿Alguna vez te has masturbado pensando en mí?
    —Esa es una pregunta personal.
    Y rio.
    —Habíamos acordado cambiar de tema —me justifiqué, algo desconcertado por su risa.
    —Es el mismo tema —dijo, riendo todavía.
    —El otro era metafísico. Este es… eso, personal, tú lo has dicho. ¿De qué te ríes?
    —Perdona, es que al decir que es una pregunta personal, me he acordado de la protagonista del relato aquel de zombis. Me pareció muy divertido cuando el profesor le pregunta por qué sigue con su novio si cree que es un zombi y ella responde que eso es una pregunta personal. Me hizo gracia porque da un giro inesperado a la conversación y te hace imaginar alguna explicación disparatada, como que los zombis son máquinas sexuales.
    —Eres mi lectora preferida.
    —Tu única lectora, por lo que sé. Pero no creas que intento evadirme de tu pregunta. Te la respondo: no.
    —Vale.
    —Y antes de que pongas esa cara de niño triste que sueles poner, esa expresión de criatura desengañada de la vida demasiado pronto, completaré mi respuesta. No lo hago porque me parece deshonesto. Sería usarte sin tu consentimiento.
    —Consiento.
    —No es suficiente. Sería cosificarte, utilizarte para mi placer
    —¿Como si fuera un bombón de chocolate?
    —No te vengas tan arriba. La verdad es que en esos momentos no quiero pensar en ninguna persona real, de carne y hueso. Pero te diré algo que te gustará: alguna vez he fantaseado con alguno de tus personajes.
    —¿Ah, sí? ¿Con cuál?
    —No sé, hay muchos que tienen un punto… atractivo. El pintor desorientado por culpa de la joven crítica de arte, el pobre informático, tan enamorado, el físico traumatizado, el músico que se cree engañado… Incluso el profeta que cae del caballo deslumbrado por la visión de la niña angelical y luego se lía con su madre. Y, mira, una cosa que nunca me había pasado: la relaciones públicas del hotel, tan cariñosa, tan… amorosa, también la he encontrado atractiva. Parece una persona interesante. Pero sin duda el que más me enternece es el viudo. ¡Qué maravilla que alguien te quiera así! Claro que, si tienes que morirte antes, no vale la pena. Por cierto, me ha parecido encontrar un cierto patrón en tus relatos. Un patrón en las relaciones entre hombres y mujeres. ¿Tú te has dado cuenta?
    —¿Qué patrón?
    —En la mayoría hay un hombre y una mujer, y la mujer es, no sé, inasequible para él. Él suele estar colgado de ella, y es como si ella fuera un ser sobrenatural, una diosa. Como si él fuera dando pasos para llegar hasta ella, pero ella siempre estuviera un paso más allá. Como si él pudiera estirar el brazo y llegar a tocarla con la punta de los dedos, pero nunca pudiera pasar de ahí. Te has dado cuenta, ¿no?
    —Pues… no sé, no lo había visto…
    —Hay algo de ti, ahí, ¿no? De tu actitud hacia las mujeres. ¿Algo de tu relación conmigo?
    —Bueno… inasequible sí que eres, eso no se puede negar.
    —Solo con respecto al sexo. Aparte de eso, no puedes quejarte. Llevamos un montón de citas.
    —No llego ni a tocarte con la punta de los dedos.
    —Y… ¿Sobrenatural? ¿Me ves sobrenatural?
    Me debatí entre contradicciones tan intensas que ni siquiera quería conceptualizarlas.
    —Muy guapa, muy… atractiva, eso sí —y recuerdo que bajé la vista.
    —Bueno, dejémoslo, ya veo que es una pregunta demasiado personal para ti. Y tampoco te preguntaré si te masturbas pensando en mí. No me gustaría la respuesta. De lo que estoy segura es de que hay algo de ti en tus personajes masculinos. Cuantos más relatos leo, mejor creo conocerte.
    —Algo habrá —concedí—, supongo que es inevitable.
    No tenía ningún interés en seguir por ese camino. No quería hurgar en mis miserias. Bastante me ofende saber que las tengo; no hay necesidad de describirlas. Pero algo de lo que acababa de decir me había provocado una sacudida y no quería dejarlo pasar.
    —Oye, eso de que no me preguntarás si me masturbo pensando en ti porque no te gustaría la respuesta, no te gustaría… ¿Fuera cual fuera? ¿O es que estás segura de que sería afirmativa?
    —Bueno, creo que… fuera cual fuera —concedió ella.
    —Vale. Gracias.
    Se hizo el silencio. Eso quería decir que le decepcionaría saber que no lo hago. Nunca me había dicho nada tan bonito. Era casi dejarme tocarla con las puntas de los dedos.
    —El caso es que… —Fue ella quien se decidió al final a romper el silencio—. Ya sé que habíamos quedado en que hoy cambiaríamos de tema, pero parece que nos hemos vuelto a estancar y ahora recuerdo que el otro día, después de lo que hablamos, se me ocurrió una cosa y te la quería comentar.
    —A ver —dije sin entusiasmo. No me apetecía volver a la metafísica. El estancamiento en que habíamos caído esta vez tenía una especie de dulzura triste, como la nostalgia que provoca el incendio rosado del sol al desangrarse mientras su luz se extingue al final de la tarde.
    —Siempre he pensado que el impulso sexual se ha originado en una etapa anterior de la evolución, ya sabes. Pero ahora he caído en la cuenta de que no solo es el impulso: lo que sientes, el placer sexual, el orgasmo, provienen también de esa época.
    —Sí, lo veo lógico. ¿Y?
    —Pensaba en lo que dijiste la última vez que hablamos, que la experiencia siempre está… falseada, encasillada, y que nunca puede ser auténtica si no retrocedemos a una etapa anterior. Pero la experiencia del orgasmo, esa parece auténtica. No está encasillada, es lo que es y nada más. Debe provenir de una etapa muy antigua de la evolución, porque la reproducción sexual es muy antigua. Tal vez proviene de esa primera etapa que tú llamas del campo perceptivo. Y no creo que haya cambiado. Al sentir un orgasmo estamos sintiendo lo mismo que entonces, estamos viviendo una experiencia pura, auténtica.
    —¡Ostras, qué buena idea!
    —¡Gracias!
    —No, no me refiero a la tuya, sino a la mía. Bueno, a la tuya también —condescendí—; la tuya ha sido la primera, y a partir de ella a mí se me ha ocurrido otra. Es de los dos, mi idea.
    —Pues si también es mía, me gustaría conocerla —y había algo así como tensión, incluso hostilidad, en el tono en que lo dijo.
    —El orgasmo sería como un agujero de gusano de esos que en la ciencia ficción permiten viajar en el tiempo. En un orgasmo sentimos lo que sentían nuestros ancestros en la etapa del campo perceptivo.
    —Eso es lo que he dicho yo. Tú solo has añadido lo del agujero de gusano, que es una metáfora. Tu aportación es solo literaria.
    —Lo que he pensado es que el orgasmo puede ser una especie de… campo de investigación sobre la evolución de la conciencia. Incluso una especie de demostración de cómo ha evolucionado.
    —¡Sí, claro! —se animó con la idea—. El orgasmo sería un fósil viviente, un residuo de la manera como sentían aquellos seres entonces. O de la manera en que sienten ahora los seres que pertenecen a niveles evolutivos muy anteriores al nuestro. A años luz en la escala biológica.
    —Muy buena metáfora la tuya. La del fósil viviente, quiero decir. La de los años luz sale de mis agujeros de gusano.
    —Y eso que has dicho, lo del campo de investigación… ¡Sí, eso es! Observar el orgasmo sería como observar a través de un microscopio o de un telescopio: un instrumento científico que nos permite acceder a algo que no se ve a simple vista.
    —Curioso, eso de considerar el orgasmo como un instrumento de observación. El problema es que… no me veo capaz de observar mi propio orgasmo. Sentirlo… eso ya absorbe toda mi atención.
    A ella se le iluminó la cara como nunca había visto. Como una santa de un cuadro de Caravaggio. Como la mismísima Virgen María retratada por algún maestro del claroscuro.
    —¡Sí, Tomás, sí! ¡No puedes observar el orgasmo! ¡Claro! ¡Porque durante el orgasmo pierdes el mundo de vista! ¡No puedes pensar nada, no te enteras de nada más que de lo que estás sintiendo! Y eso quiere decir…
    —¡Hostia puta, Vanessa, qué bueno! ¡Esa idea sí que es genial! Si durante el orgasmo pierdes el mundo de vista, eso quiere decir…
    —¡Que el mundo no existía cuando apareció el orgasmo!
    —¡Claro, ni siquiera la etapa del mundo objetivo! ¡No hay cosas, no hay mundo! ¡El orgasmo te transporta al inicio, a la etapa del campo perceptivo! ¡Solo sentir!
    —¡Sí, sí, solo sentir!
    —¡Claro! ¡La actividad sexual es un retorno al pasado cognitivo, un retorno al origen! Empiezas en la fase del galanteo y en ese momento estás en la etapa de la autoconciencia; te relacionas con el otro tratándolo como persona, como alguien igual que tú, pero, una vez os habéis animado y empieza ya la actividad propiamente sexual, os olvidáis de que sois personas y retrocedéis a la fase del mundo objetivo; os tratáis como animales, o simplemente como objetos de placer. Y, al final, culminas el viaje llegando hasta el principio de todo, hasta la fase del campo perceptivo. No hay mundo, no hay otro, no hay persona, ni siquiera tú mismo, no hay nada más que pura sensación. Puro placer.
    —¡Puro placer!
    —¡Es una puta maravilla, esa idea! —dije, en un arrebato incontenible de emoción metafísica—. ¡Tiene unas consecuencias impresionantes! ¡El orgasmo es el núcleo irreductible de la subjetividad! Quienes dicen que el problema difícil no es difícil porque ni siquiera es un problema, quienes dicen que toda la experiencia se puede explicar desde la objetividad, tendrán que admitir que estaban equivocados. Nadie puede sentir mi dolor; el dolor es una experiencia subjetiva, pero ellos dicen que eso no es importante, que no tiene ningún valor. Dicen que yo puedo expresar mi dolor, puedo decir que me duele y entonces los demás ya saben lo que me pasa, y el hecho de que no puedan captar mi experiencia subjetiva, el hecho de que no puedan sentir el dolor que yo estoy sintiendo, no les impide saberlo. Y de ahí sacan la conclusión de que la experiencia subjetiva, la emoción, no tiene ningún valor. ¡Ja! ¡A ver qué dicen ahora! ¡El orgasmo es experiencia subjetiva pura! ¡Es inefable! Si nadie se había dado cuenta hasta ahora es porque los filósofos somos unos rancios, unos tristones, y siempre utilizamos el ejemplo del dolor para analizar las experiencias sensibles. Si hubiéramos pensado en el placer, lo habríamos visto. ¡Es que es evidente! Lo ves, ¿no?
    —¡Oh, sí!
    —Los humanos hemos ido objetivándonos más y más, hemos ido intentando encajar nuestras experiencias en conceptos públicos, encasillarlas para poder comunicarlas, y lo hemos ido consiguiendo, de manera que la subjetividad ha ido quedando arrinconada. Le hemos ido quitando importancia, hemos llegado a pensar que puede desaparecer. Que igual que ahora el médico te pone un termómetro para medir la fiebre que tienes, llegará un día en que te conectará un aparato que medirá tu dolor y no hará caso de que digas que te duele mucho o te duele poco. «Le duele 4,53 —dirá—, no es para tanto». ¡Nos dirán cuánto nos duele! Pero eso se va a acabar, ahora. En el orgasmo no existe el mundo objetivo. Podríamos decir que las emociones son analógicas y el mundo objetivo es digital, lleno de casillas, y al objetivar las emociones, al digitalizarlas, al encasillarlas, se pierde su naturaleza. El orgasmo es la prueba: no se deja encasillar, es emoción pura, experiencia pura. Indomable. ¿Y sabes cuál es la razón última de eso?
    —¡No, Tomás, no, no!
    —¡El narrador no lo puede narrar! ¡Le sobrepasa, lo desborda! En el orgasmo, la disociación desaparece, el yo narrador y el yo narrado se vuelven a fusionar, la ficción se acaba, la tramoya del mundo objetivo se disuelve. Lo que queda es lo único real: la experiencia, la emoción. Todo lo demás revela su naturaleza ficticia: la realidad objetiva es el traje nuevo del emperador, una ilusión que todos nos conjuramos en considerar verdadera porque nos conviene, porque nos resulta útil. El orgasmo nos dice, cada vez que lo vivimos, que la emoción está desnuda, es desnuda, que esa es su naturaleza, que, por mucho que queramos cubrirla, ningún ropaje conseguirá jamás hacerla desaparecer de nuestra vida, porque, en realidad, estar vivo es eso: tener emociones. Es lo que ningún robot tendrá jamás. ¡SelfAI nunca podrá ser fabricado! ¡Qué bueno, Vanessa, qué bueno! ¡A partir de aquí puedo escribir un paper que aclare el problema difícil! Y luego quizá un libro. ¡Lo escribiremos entre los dos! Hemos llegado a esto entre los dos, hemos intercambiado ideas, cada uno de nosotros ha querido defender su postura, ha querido convencer al otro, someterlo, en cierta forma, y, gracias a ese intercambio dialéctico, a esa fricción, a esa interpenetración de ideas, hemos llegado a este final glorioso.
    —¡Oh, sí, Tomás, sí, sí!
    —Vanessa…
    —¿Sí…?
    —¿Qué estás haciendo? ¿Te… te… estás tocando?
    —¡Sí, sí! ¡Oh, Tomás, Tomás! ¡Ohhhhhh!

Bueno, la narración tuvo un final feliz. Glorioso, incluso. El narrador solo pudo ser testigo. Y narrarlo, por supuesto. Al fin y al cabo, esa es su razón de ser.

 

 

La idea de este relato se me presentó en la isla de Ítaca, durante una excursión a la cueva de las Ninfas.
Quiero manifestar mi agradecimiento a cualquier figura femenina divina, humana o de cualquier nivel de realidad intermedio, que pueda haberme inspirado para escribirlo.

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4 comentarios

      1. Isabel Clavería

        Había que comprender el final en todo su espíritu,y mi comentario que había sido un feliz orgasmo de mi parte ,llegué a pensar que me excedí pero en todo caso eso sucede cada vez que respondo sin racionalizar.
        Pero después pensándolo bien fue lo correcto porque nació del alma.

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