Un compendio de mis deambulaciones literarias y filosóficas, y otros yerros.
 
El ser y el placer – 2. El balbuceo del ser

El ser y el placer – 2. El balbuceo del ser

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(1)

    —¿Me estás proponiendo sexo?
    —Bueno, yo… Es que… Te gustan mis relatos, te caigo bien, lo noto, pienso que tal vez… y tú también me caes bien, tú… me gustas, me gustas… mucho… —Ella me miraba con gesto divertido—. Sí, sí, eso es —admití al fin—. Eso es lo que… lo que… te estoy proponiendo. Perdona mi torpeza. Se me da mejor escribir que hablar.
    —Me caes bien, es cierto. Incluso cuando hablas. Pero, lo siento, no es nada personal, no es contra ti. Es que no practico sexo con humanos.
    —¿Solo con… animales?
    —¡Qué dices, animal!
    Era una animalada, sí. La dije sin pensar. Pero es que su respuesta me descolocó totalmente. Si me hubiera dicho que practicaba la abstinencia sexual, eso aún lo hubiera entendido. Había oído que se estaba poniendo de moda, sobre todo entre mujeres y japoneses. Pero, ¿no hacerlo con humanos? No tenía ningún sentido. ¿Con quién, entonces?
    —Bueno, como eres bióloga… —Lo ridículo de la excusa estuvo a punto de provocar el desplome de mi tambaleante autoestima; siempre he pensado que eso comportaría una tartamudez invencible y definitiva—. ¿Con… con… con quién, entonces?
    —A ver, quizá lo que he dicho no es cierto del todo. No lo practico con otros humanos. Conmigo, sí. Y con aparatitos. Aunque, en realidad, usar aparatitos también es hacerlo conmigo misma.
    «No eres tú, soy yo», me dijo Estrella cuando me dejó. Le encantaba utilizar frases tópicas, y a pesar de eso no fui yo quien la dejó, como me conminaba a hacer el coro de filósofos griegos que se empeñaban en dirigir mi vida irrumpiendo con recitativos mordaces durante mis frecuentes pesadillas nocturnas. «No eres tú, soy yo»: imaginándola en boca de Vanessa, la frase revelaba nuevos matices de mi tragedia personal. Estaba seguro de que esa noche el coro de filósofos comparecería para restregármela por la cara. Pero eso es lo que me había dicho: era ella. Ella con ella. Ella consigo misma. Y, por un momento, la imagen de ella haciéndoselo consigo misma se me cruzó por la mente y, como un rayo, descendió rauda hasta hacerse fuerte en mi entrepierna.
    —Pero… ¿Por qué? —alejé mi atención consciente de la entrepierna—. No es que vea mal la autosatisfacción; yo también la practico, aunque en mi caso no es por convicción, sino por… necesidad, pero renunciar al contacto humano… ¿Por qué esa renuncia? Es más… es más gratificante, más pleno, más auténtico, cuando es compartido. Evolutivamente, el sexo no surgió como actividad solitaria, lo sabes muy bien.
    —No, surgió para reproducirse. Pero tampoco se trata de eso, ¿no?
    —¡No, claro que no! Aunque… —Me avergoncé por anticipado de lo que iba a decir—. aunque… ¿Para eso sí que lo harías? Con… con… conmigo, quiero decir.
    —Para eso, todavía menos —me descolocó todavía más.
    —¿Todavía menos? ¿Por qué?
    —Reproducirse como animales es como jugar a la lotería: el azar decide lo que obtendrás. En cambio, las técnicas de reproducción asistida permiten seleccionar la carga genética, evitar factores de riesgo o indeseados y garantizar, hasta cierto punto, que luego no te llevarás sorpresas. No comemos como animales, no vivimos como animales, no vamos desnudos por ahí haciendo nuestras necesidades donde nos pilla. ¿Por qué deberíamos reproducirnos como animales, siendo la reproducción algo tan importante?
    «¡Qué desperdicio!», pensé. Esa mañana, al salir de casa, había sonreído al percibir la llegada de la primavera. Y al pensar en la cita con Vanessa. Por la conjunción de las dos cosas, supongo. Por pensar que al mediodía de ese primer día de primavera me vería con ella, que nos sentaríamos uno junto al otro sobre la hierba del jardín del campus como dos estudiantes adolescentes, que conversaríamos, que reiríamos, que nos miraríamos a los ojos, que la magia del entorno haría inevitable la aproximación, la intimidad… Y lo cierto es que estábamos allí, efectivamente, y el día era maravilloso, y el entorno, incitante y romántico, pero lo único que pasaba es que hablábamos de la reproducción de la especie.
    —Bueno, vale, no sé, eso lo puedo entender. Pero… hacer el amor… es diferente.
    —Es lo mismo. Es un residuo de un comportamiento animal que prácticamente no ha variado desde el principio. El sexo entre humanos es sexo entre animales. Al hacerlo, nos comportamos como animales.
    —¡Joder!
«¡Qué raras son las tías!», pensé. Fue recordar a Estrella y hundirme en el fango de las frases tópicas.
    —Lo siento, Tomás. No eres tú, soy yo.
    ¡Lo dijo, lo dijo! «En el fondo todas son iguales», me dije yo. Y cuando me oí (mentalmente) decir lo que estaba diciendo (mentalmente), me puse serio y me dije (mentalmente las dos cosas): «Hasta aquí. Ni un tópico más, Tomás». Y me lancé a hablar para olvidar.
    —¿Y el amor? A ver, el sexo sin amor también está muy bien, o sea, el sexo solo por el sexo, para pasárselo bien. Pero, entre dos personas que se quieren, el sexo es la manera más completa y satisfactoria de expresarse amor. Que no estoy diciendo que ese sea nuestro caso, ¿eh? Aunque tampoco quiero descartarlo, a mí no me importaría nada que lo fuera, si tú… en fin… compartieras… —Empezaba a derrapar y quise volver al carril. —Hacer el amor con amor… ¿Cómo puedes rechazarlo? ¿Cómo puedes pensar que es propio de animales? Y, además, ¡creía que te gustaban los animales! ¡Creía que en la facultad se aseguraban de que os gustaran los animales antes de daros el título de biología!
    Ese final había sonado lastimero. Ella me obsequió una sonrisa comprensiva. «Sexo por compasión —pensé—: me conformaría con eso». Así había sido la última vez con Estrella, el mismo día que se marchó. «Eres tan buen tío que no puedo negártelo», respondió a mi vergonzosa solicitud. Y lo hicimos, y todo fue, cómo decirlo, respetuoso y contenido, pero yo me quedé con la sensación de que era lo más deshonesto e ignominioso que había hecho en mi vida.
    —Me encantan los animales, Tomás. Tengo dos gatos y una perrita. No es eso. No somos como ellos y no hemos de comportarnos como ellos.
    —Pero las funciones más básicas, respirar, dormir, movernos, comer… De acuerdo en que comemos de forma diferente, pero comemos: es una necesidad. Igual que el sexo, que tampoco lo hacemos igual. Comemos con cubiertos sentados delante de una mesa, pero comemos. Hacemos el amor en una cama, con… con luz tenue, una velita, quizá, o un montaje con leds, música romántica, diciéndonos cosas bonitas, bueno, a mí me gusta decirlas, y ser… romántico… Pues eso, hacemos sexo de otra manera, no lo hacemos como ellos, pero lo hacemos.
    —Bueno, a ver, me estás haciendo quedar como una tonta, como una… mojigata, pero…
    —¡No, eso no! ¡Ni mucho menos! Solo trato de entender.
    —Vale, me explicaré mejor. Por una parte, mi padre es veterinario. Crecí rodeada de animales y… recuerdo las primeras veces que vi animales copulando. Me resultó asqueroso, repugnante, horrible. Lo último que podía pensar es que mis padres hacían lo mismo. Y luego, cuando me enteré… de que… Bueno, quizá tengo una especie de trauma infantil con respecto a eso.
    —¡Pues trátatelo, mujer! ¡Tienes mucho que ganar! Hay terapias cognitivo-conductuales muy rápidas y eficaces. Te lo digo por experiencia propia. Y para la parte conductual, para las prácticas, en fin, si quieres, aquí estoy yo —volví a cruzar la raya continua.
    —En realidad hay una razón más importante, pero no me atrevo a decírtela porque es… más bien… filosófica. Y como tú eres un experto, igual te reirás de mí.
    —Más vale reír que llorar —acerté a decir. Y me quedé satisfecho, pese a que había desobedecido mi prohibición autoimpuesta. Había recaído en el tópico, pero, ahora y aquí, el tópico era oportuno. O quizá mi satisfacción tenía una base más firme: íbamos a entrar en mi terreno. El jardín de Epicuro se había puesto a un paso del jardín del campus, y una vez allí, todo sería cuesta abajo.
    —A ver cómo te lo digo…
    —Como quieras. Cualquier argumento filosófico que pretenda fundamentar la abstinencia sexual se tiene que poder rebatir fácilmente.
    —Joder. Me lo pones difícil.
    Calló. Reflexionó. Miró el reloj. Pareció dudar.
    —La verdad es que se me está haciendo tarde —dijo al fin—. No es una excusa. Tendremos que dejarlo para otro día. Y así podré pensármelo un poco mejor para no meter la pata.
    —No te preocupes, no la meterás.
    —Tú tampoco.
    En realidad, no estoy seguro de si esa grosería la dijo ella, la pensé yo, o se me ha ocurrido ahora para cerrar este informe informal de nuestra primera conversación con un discutible alarde de ingenio y una exhibición de campechanía más discutible aún. En fin, para bien o para mal, escrito queda.

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