Vanessa quedó un poco desconcertada el día que entró en la habitación donde su marido pasaba tantas horas escribiendo y lo sorprendió viendo un vídeo porno. No fue que se lo tomara mal, no era una cosa importante, todo el mundo lo hace. Y al menos tenía las dos manos encima de la mesa. Pero le provocó una sensación un poco amarga, como un desasosiego.
—¡Te he pillado! —exclamó, sobresaltando a Tomás.
Antes de acabar la frase ya se había arrepentido. Había sido una reacción poco honesta. No tenía por qué provocar que él también se sintiera incómodo, y mucho menos culpable. Intentó que quedara claro que era solo una broma. Sonrió e hizo como que le apuntaba con una pistola.
—¡Confesaré todo! —dijo él, siguiendo la broma, aunque a ella le pareció que el tono era un poco forzado. Levantó los brazos y añadió: «¡Me rindo!».
—Podías haberme invitado —dijo ella.
A veces habían visto porno los dos juntos, pero a ella no le gustaba demasiado y llevaban mucho tiempo sin hacerlo. Pensó que él lo debía echar de menos. Recordó que se excitaba mucho y muy rápido. Enseguida empezaban a meterse mano y él se corría en nada. Seguramente fue por eso que ella perdió el interés.
—Quédate si quieres.
—No, que ya sé lo que vendrá después y ahora mismo no puedo. Tengo las lentejas al fuego.
—¿Lentejas? ¡No te gustan las lentejas!
—¡El famoso escritor no sabe reconocer un tópico sobre amas de casa!
—Ya sabes que huyo de los tópicos.
—Es verdad. Hace un momento, cualquier otro hubiera dicho: «No es lo que parece».
—Pues mira, en este caso mi prurito de originalidad me ha traicionado. Porque lo cierto es eso: no es lo que parece.
—Ya. Pues… parece que sea lo que es.
—No, lo cierto es que estoy escribiendo un relato en el que la pornografía tiene una presencia importante. Veo que no te lo había dicho.
—¡Ah, es eso! Bueno, pues nada, sigue… documentándote. A mí se me queman las lentejas. Las metafóricas.
El desasosiego no desapareció. Era una excusa demasiado fácil. No le importaba que viera porno pero sí que le mintiera, que la tomara por tonta. Pero, bueno, ¿por qué tenía que pensar que era mentira? No debía desconfiar. Y, en el peor de los casos, si fuera mentira, sería una mentira inocente, como de niño pequeño. Todo era un asunto insignificante, inofensivo.
Su relación con Tomás seguía siendo excelente a pesar de los años que llevaban juntos. Se querían y se lo demostraban cotidianamente el uno al otro. A ella le encantaba que él fuera tan afectuoso. Se habría conformado con que simplemente la quisiera, con percibir que la quería en algún gesto insignificante, una mirada cómplice, una sonrisa, una caricia ligera en la mejilla cuando se daban el rutinario beso de buenos días o buenas noches; que se lo hiciera patente tan a menudo colmaba sus expectativas. A aquellas alturas su marido todavía continuaba escribiéndole una poesía cada poco tiempo, como siempre había hecho. Empezó cuando se conocieron, aunque entonces lo hacía casi a diario y ahora espaciaba mucho más las entregas. Si continuaba haciéndolo, probablemente era porque pensaba que gracias a las poesías había conseguido que ella se enamorara de él. Y puede que tuviera razón.
En fin, que el asunto ese del porno era una tontería que tenía que olvidar y ya está. Claro que…
Últimamente, algunas veces le sorprendía ver la imagen de una mujer mayor cuando se miraba en el espejo. Una mujer como su madre. Ya no era la jovencita de la que Tomás se había enamorado. La seguía queriendo, de eso no tenía ninguna duda, pero quizás desde el punto de vista sexual ya no le resultaba tan atractiva. Su madre era una mujer guapa y elegante, pero cuando, de adolescente, a ella empezó a gustarle la sensación de percibir que atraía a los chicos, alguna vez se le pasó por la cabeza la idea de que su padre ya no podía sentir deseo por su madre. Demasiado mayor, arrugas, flacidez. Y no podía imaginarla poniéndose sexy para avivar la llama: era una imagen patética para una mujer de su edad y su aspecto. Ahora, ella ya debía haber llegado a la edad que tenía su madre entonces. Quizás a Tomás le estaba sucediendo lo que ella creía de adolescente que debía sucederle a su padre con respecto a su madre y necesitaba algún… suplemento. Era una idea tonta, se estaba obsesionando con una tontería. Y, pensándolo un poco más, si Tomás llegaba a necesitar alguna vez un suplemento, mejor que fuera audiovisual y no de carne y hueso.
Un día entró a recoger el estudio de Tomás mientras él estaba fuera y vio que la impresora tenía encendido un led rojo. Se había quedado sin papel. Su marido era un encanto como persona y un intelectual ampliamente reconocido, pero era incapaz de recoger nada, de ordenar nada, de tirar nada, e incluso de poner papel en la impresora si no era absolutamente imprescindible. Cuando él salía, ella aprovechaba para hacer un poco de orden sin interferir en su trabajo. Cargó la bandeja con papel y la impresora se puso en marcha y escupió una hoja. Vanessa le dio un vistazo, como hacía siempre con todos los papeles que encontraba para saber qué había que hacer con cada uno de ellos. Era una poesía. No era normal que Tomás las escribiera, excepto las que le dedicaba a ella. Nunca había publicado poemas. Siempre decía que era un poeta mediocre, que solo se manejaba bien con la prosa, que escribirle poesías era como un juego, como una travesura. Que ella las apreciaba porque se sentía halagada, no porque fueran buenas. Así que esta debía ser para ella. Tendría que haber esperado a que él se la diera, pero le pudo la curiosidad. Leyó:
¡Dios, cómo me gusta la reina del porno!
Solo ella sabe hacer que reviva mi fuego.
Mi vida con ella es eterno retorno
al más dulce juego.
Cómo me mira y sonríe, cómo se ofrece.
Cómo me inflama, me expande, me eleva.
Mi mundo es con ella un jardín que siempre florece.
Sin ella, una cueva.
Nunca me engaña, me da lo que espero.
Nunca me falla, nada me exige,
siempre la tengo cuando la quiero.
Siempre transige.
¡Qué ingrato sería si no la quisiera,
si ya nunca hiciera mi dedo el clic hacia ella!
¡Qué mundo infeliz si el porno perdiera
la reina más bella!
¡Esto sí que no se lo esperaba! ¿Se estaría volviendo loco, todo el día encerrado en su estudio, siempre escribiendo, como un Quijote escritor en vez de lector que confundiera, en vez de molinos con gigantes, vídeos con personas, silicona con carne, sexo con amor? «La grafomanía es mi único vicio», solía decir, pero puede que ahora hubiera adquirido un segundo vicio y se hubiera entrelazado con el primero de una forma retorcida y enfermiza.
También ella se empezaba a obsesionar de manera insana, y a la hora de la comida intentó sacar el tema.
—¿Qué tal el trabajo? ¿Sigues escribiendo cosas guarras?
—¿Cosas guarras? Siempre definen mi escritura como limpia y transparente. Ya sabes, lo dijo una vez aquel crítico joven y ahora todos lo repiten
—Me refiero al porno. Me dijiste que estabas escribiendo algo así.
—¡Ah, bueno! No, mujer, no estoy escribiendo nada así. Te dije que estaba escribiendo algo en donde aparecía la pornografía. Pero solo como contexto, como ambientación o decorado. En realidad, es una historia de amor bastante convencional. Amor y dudas. Una pareja que se va haciendo mayor y, en fin, van cambiando sin darse cuenta hasta que pasa algo.
—¡Ah! ¿Y cómo va?
—Psss… ya sabes que siempre estoy con varias cosas a la vez. Le dedico poco tiempo. Solo algún rato de vez en cuando. Cuando estoy un poco cargado. Es una historia ligera, intrascendente, un divertimento. Y quiero darle un final alegre y positivo. Espero poder hacerlo, porque a menudo las narraciones adquieren vida propia y te llevan donde no te esperabas. En fin, que dedicarle un rato de vez en cuando me anima.
—Te anima.
—Sí.
«Claro. Es lo que tiene el porno —pensó Vanessa—, que anima». Pero dejó el tema porque se estaba empezando a deprimir seriamente.
Al día siguiente, después de una noche de desasosiego, al sentarse a desayunar encontró un papel plegado en el tazón vacío. Era el mismo tipo de papel de siempre, un poco grueso y de tacto entre carnoso y aterciopelado, ligeramente rosado, ligeramente perfumado. Sensual, romántico. Y escrito a mano y con pluma, como siempre. Se animó. Todo volvía a la normalidad. Sonrió a Tomás, enfrente de ella, que le devolvió una sonrisa cariñosa. Empezó a leerlo con el ansia de quien traga una medicina sin respirar esperando que alivie instantáneamente su mal.
¡Oh, Dios, cómo me gusta Vanessa!
Solo ella sabe seguir encendiendo mi fuego.
Sin ella discurre mi vida triste y espesa.
Con ella es un juego.
Cómo me mira y sonríe, cómo se ofrece.
Cómo me inflama, me expande, me eleva.
Mi mundo es con ella un jardín que siempre florece.
Sin ella, una cueva.
Nunca me engaña, me da lo que espero.
Nunca me falla, nada me exige.
Siempre la tengo cuando la quiero.
Siempre transige.
¡Qué ingrato sería si no la quisiera,
si ya no buscaran mis pasos la senda hacia ella!
¡Qué pobre infeliz si un día perdiera
mi única estrella!
Y de repente, como Pablo al caer del caballo, vio la luz. Tomás siempre había tenido razón en una cosa: como poeta era mediocre. Muy, muy mediocre.
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Me encantó,descubrir tanto sentimientos en esas palabras tan mal vista como la pornografia,y qué muchas veces debemos saber interpretar que hay tras de ellas.
El amor es cercano a aquello!’
En la vida real, los sentimientos y los deseos se entrelazan de formas que resultan imposibles de descifrar desde la perspectiva racional. Somos racionales para juzgar, pero no para vivir ni para amar.
Agradecido por tu comentario.