—¡Es que hacen el amor sobre el escenario! ¿No lo veis?
—¡Papá! ¿Qué dices?
Al fin lo han encontrado y Jan se siente enormemente aliviado. Está vivo, está bien, aunque, eso sí, tiene mala cara. Ahora solo es cuestión de hablar con él, de saber por qué ha desaparecido de esa manera, de convencerlo para que vuelva. Se ve capaz. Siempre se han entendido, siempre ha existido entre ellos una complicidad especial que les permite jugar a comunicarse con sobreentendidos y equívocos de forma que ni siquiera Jeanne sepa muy bien de qué están hablando. Pero tiene que afrontar una situación que no había imaginado: su padre está celoso del guitarrista del grupo que acompaña a su madre.
—Eso. Eso es lo que pasa.
—Pero, papá, ¿no te das cuenta de que es absurdo? —insiste Jan.
—Jeanne está desesperada —interviene su tío desde el rincón; discretamente apoyado contra la pared, hasta ahora había dejado que la conversación fluyera entre padre e hijo—. Ha cancelado todo y sobrevive a base de tranquilizantes. Si la vieras, te darías cuenta de que tus sospechas son absurdas. Jan tiene toda la razón.
—¡Hacen el amor sobre el escenario! —insiste Robert, enfático, y remacha cada palabra dándose una palmada en el muslo.
—A ver, papá, representan un papel. Tú sabes lo que es eso. Hasta que lo dejaste para dedicarte solo a producirla, tú también dabas conciertos y montabas tus numeritos.
—Claro, Robert, no es más que eso. Ella canta una canción de amor y él le da la réplica. Por fuerza tiene que parecer que hay… no sé, algo, entre ellos. Para que encaje con la música. Pero solo es el papel que tienen que hacer.
Robert está sentado sobre la cama de la pequeña habitación de aquel hotel de carretera. Su espalda se dobla hacia el suelo, como si cargara un gran peso; apoya las manos en el borde del colchón. Apenas los mira, solo en algunos momentos mientras les habla. Ahora levanta la mano derecha y se tapa los ojos con ella. Su hijo está sentado en una silla frente a él, a muy poca distancia. Al ver su gesto, alarga una mano y la posa sobre su hombro.
—Venga, papá… No pasa nada, ha sido… un mal momento. Mamá estará encantada de que vuelvas; no tendrás que darle ninguna explicación. Se conformará con que estés otra vez con ella.
No hay respuesta.
—Robert, ya vemos que estás en una situación emocional… delicada —vuelve a intervenir el tío; ahora ha descruzado los brazos y gesticula mínimamente—, pero tendrías que hacer un esfuerzo y ser un poco racional. Ellos ni siquiera se ven fuera de los ensayos y las actuaciones. No hay el menor motivo de sospecha.
—¡Si su novia está siempre con él! ¡Es roadie de la banda! —añade Jan—. Eso lo puedes entender, ¿no? Lo puede entender cualquiera.
Robert habla ahora a media voz en un tono grave, acusatorio.
—Os he dicho que es en el escenario. ¿Por qué no escucháis lo que digo?
—¡Te escuchamos, pero es que lo que dices no tiene sentido! —le replica su hijo inmediatamente—. ¡En el escenario solo hacen música!
—Vosotros no lo podéis entender porque no sois músicos y esa… novia, tampoco —Robert se ha apartado la mano de la cara y les mira; habla con más serenidad—. Con la música se puede hacer el amor.
—¡Yo soy músico! —protesta Jan, y retira la mano del hombro de su padre.
—Esa… música que haces tú es otra cosa. Repetís siempre lo mismo, no hay improvisación. No os dais réplicas.
—Robert, créeme, estás fuera de la realidad —el tío ha dado unos pasos mientras habla y está ya al lado de Jan—. Yo no soy músico, pero sé lo que es hacer el amor, y sé que no se puede hacer el amor sin que haya contacto físico.
—¡Fuera de la realidad! ¡Ja! —Robert parece animarse—. Lo que pasa es que tu realidad, la vuestra, es muy pequeña. Para vosotros la música es… plana, como un cuadro colgado de la pared. Vuestra realidad está decorada con música como está decorada con cuadros o con… amor. Sí, seguramente para vosotros hacer el amor es también algo decorativo.
—No te entiendo, papá. Lo siento, pero no entiendo lo que quieres decir.
—La música no es un adorno de la realidad, como el papel pintado de estas paredes. La música es otra forma de realidad. Puedes pasar de la una a la otra, puedes olvidarte de que existe la otra, o puedes estar en medio y mirar a uno y otro lado. O puedes estar sentado cómodamente en tu sofá, ver desde allí la otra habitación a través de la puerta y, como nunca harás el esfuerzo de levantarte y atravesar esa puerta, pensar que en realidad la habitación no existe, que la abertura de la puerta está pintada en la pared. Un trampantojo: eso es la música para vosotros.
—¿Y qué es para ti, Robert?
—Otra realidad donde las cosas son de otra manera y nos comunicamos de otra manera, y nos podemos decir cosas que no existen más que allí. Los músicos abrimos la puerta, pero casi nadie entra. Y en esa realidad también se puede hacer el amor. Y es una manera más sincera de hacerlo, porque no se puede fingir, porque allí sentir algo y expresarlo es lo mismo. Eso… eso es lo que hacen ellos. Y está bien que lo hagan, si es lo que quieren —y se le quiebra la voz, y las lágrimas empiezan a desbordarle el párpado inferior—, faltaría más, pero entonces yo… yo estoy fuera.
—¡Papá, papá! —Jan se levanta y lo abraza—. No, no, no es eso, estás imaginando cosas. Mamá te quiere —y se aprieta más contra él.
Hay unos instantes de silencio. Solo se oye a Robert sorber de vez en cuando por la nariz, entre los brazos de su hijo. Su cuñado ha retrocedido un par de pasos, evitando interferir con la expresión de afecto del hijo hacia el padre. Al final habla. Despacio, sereno, un poco solemne, incluso.
—Robert, yo entiendo que has tenido una sacudida emocional, que estás muy alterado y que tus pensamientos están muy afectados por tus emociones, pero tienes que salir de ahí, tienes que hacer un esfuerzo e intentar pensar con claridad. Por favor, piensa un momento lo que voy a decirte. Intenta analizarlo sin pasión, valora si tiene sentido o no. Tú tienes una determinada idea de la música; para ti la música tiene mucha importancia en tu vida hasta el punto de considerarla una realidad por sí misma. Pero eso es una idea tuya. Tuya. Tú crees que a través de la música se puede hacer el amor, pero es también una idea tuya. Yo nunca la había oído, y sabes que conozco muy bien este mundillo y que me he pasado infinidad de horas hablando con muchos músicos con total confianza; mi trabajo me obliga a ello. Es una idea tuya. Tú interpretas que eso es lo que pasa y la acusas de hacer el amor a través de la música, pero es una idea tuya. Ella no sabe que tú lo interpretas de esa manera. La estás acusando de hacer algo que ella no es consciente de estar haciendo. De algo que ella ni siquiera cree que se pueda hacer. Es como si tú sufrieras celiaquía, como yo, y te quejaras de que en un restaurante te han puesto un plato con gluten, pero ellos no lo sabían porque tú no se lo habías dicho. No, es mucho peor. Como si fueras alérgico al agua y te quejaras de que han lavado la lechuga con agua.
Jan se ha soltado de su padre para que pudiera escuchar los argumentos del hermano de su madre. Robert tiene los ojos enrojecidos pero parece más sereno.
—Cállate, Rai, que no sabes de lo que hablas.
—¿Qué es lo que no sé, Robert? Dímelo para que pueda entenderte.
—Ella es cantante de jazz. Tiene la misma idea de la música que yo. Todos la tenemos.
—¿Y por qué nunca nadie me ha hablado de ella?
—Para la mayoría de los músicos es algo tan obvio que ni siquiera imaginan que haya gente que tenga una idea distinta. Salen al escenario, intentan hacer entrar a la gente en la música, la gente les aplaude, interrumpen la ejecución para aplaudir un solo. Ellos piensan que les aplauden por eso, que están agradecidos porque les han hecho entrar en la música. ¿Por qué iban a aplaudirles, si no? Y los que nos damos cuenta de que no os enteráis de nada, que aplaudís porque habéis pagado una entrada y tenéis que demostrar que ha valido la pena, tampoco hablamos de ello porque sabemos que no nos entenderíais. Esta conversación es la prueba.
—Papá, papá, ¿tú crees que si mamá supiera que tú interpretas de esa manera lo que ella hace, lo haría?
—¡Lo sabe! ¡Claro que lo sabe! Supongo que lo hace porque no puede evitarlo. Es difícil controlar los impulsos de tu corazón, y menos interpretando música. Mientras tocas, no escuchas más que a tu corazón.
—Tu hijo tiene razón. Ella está destrozada. Si la vieras, no podrías pensar que hace lo que tú interpretas que está haciendo. Si supiera lo que piensas, no lo haría.
—¡Lo sabe, joder, lo sabe!
—¿Cómo estás tan seguro?
Suspira.
—Os voy a contar algo. Quizá no debería hacerlo, pero me queréis arrinconar.
Hace una pausa, suspira otra vez, y otra más, como acabando de decidirse antes de tomar una decisión difícil, o como tomando fuerzas para llevarla a cabo.
—Tu madre y yo —dirige la mirada a su hijo—, tu hermana y yo —clava ahora la mirada en su cuñado—, hicimos el amor por primera vez en el escenario principal de Montreux. «The look of love». Era la sexta. Apenas habíamos ensayado. Habían detenido a su pianista en el aeropuerto por algo de drogas. Yo nunca había tocado con ella, aunque habíamos coincidido un par de veces, pero en aquel momento estaba en Europa, tenía unas fechas libres y me llamaron. En el escenario conectamos enseguida. Empezamos a tontear con «Fly me to the moon». Bueno, empezó ella. Era la tercera, creo, y ella cantaba esa frase mirándome y desafiándome. «¿A que no eres capaz de llevarme a la luna?», me decía. Alargaba ligeramente «moon» para colocar ese vibrato seductor tan característico que hace cuando quiere… cuando quiere… cuando quiere seducir. En mi improvisación recogí el mensaje, le hice saber que lo había captado y la desafié a que me dejara probar para que viera hasta dónde la podía llevar. Luego vino «Cheek to cheek». Cuando empezó cantando «I’m in heaven», me decía que ya se estaba imaginando hasta dónde la llevaría. Mi improvisación fue descarada, obscena, casi, como su fraseo, y ella reaccionó inmediatamente. Cogió las primeras notas y las fue colocando superpuestas en scat a lo que yo tocaba, como un riff. Modulábamos a la vez; los dos sabíamos a qué tonalidad íbamos a saltar. Tenían que haber sido dos vueltas, pero seguimos y seguimos. La gente se volvía loca. Yo también. El saxo nos miraba con una sonrisa burlona y le vi cuchichear algo con el contrabajo, que asintió con la cabeza y sonrió también. Yo esperaba que tomara ella la iniciativa de cerrar; al fin y al cabo era la líder y se había entrometido en mi improvisación. Ella quería que cerrara yo, o que no cerráramos nunca, no sé. Al final, fuimos los dos a la vez los que nos hicimos un gesto con la cabeza y cerramos con un unísono. Fue glorioso. Luego venía un tema que no era apropiado para seguir con aquello, y creo que los dos nos habíamos asustado un poco pensando que estábamos yendo demasiado rápido. Pero entonces llegó «The look of love». En aquella época la hacía en re sostenido. Cuando me dijo «The look of love is in your eyes», porque me lo dijo a mí, ya entendí que quería llegar hasta el final. Y luego fraseó «The look of love it’s saying so much more than just words could ever say» en un tono como tímido, como avergonzada de hacerme entender que me estaba mostrando más de lo que las palabras podían expresar, que se estaba dando a mí. Acto seguido, me pidió un solo cuando no estaba previsto. Los otros músicos tardaron un momento en darse cuenta y salieron tan discretamente como pudieron. Ella quería oír lo que tenía que responder. Traté de imitar su vibrato seductor. Es imposible con el piano, claro, pero conseguí transmitirle lo que ella transmitía con él. Cuando volvió a cantar, la percibí conmovida, anhelante, deseosa, confusa, también. Y llegó «Be mine, tonight». Fue allí. «Let this be just the start of so many nights like this». Fue entonces. Y… ya no diré nada más. Es demasiado íntimo.
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