Un compendio de mis deambulaciones literarias y filosóficas, y otros yerros.
 
Figurándome a Nietzsche hasta desfigurarlo

Figurándome a Nietzsche hasta desfigurarlo

4.9
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Después de publicar «Por una insignificancia», alguien me advirtió de que el desencuentro con Nietzsche que narro allí se produjo a causa de un error de interpretación: el propio Nietzsche no habría estado de acuerdo en que le atribuyera una postura acérrimamente determinista. Que es más acertado considerar el eterno retorno una metáfora que plantea un desafío ético, como lo consideraba yo antes, que interpretarlo como una afirmación del determinismo, como me hizo creer Onfray. Esta advertencia me sumió en dudas interminables que, al final, intenté aclarar como lo hago siempre: escribiendo. Y lo que se me ocurrió fue, nada más y nada menos, imaginar el desarrollo de aquella conversación que creí haber podido mantener con el propio Nietzsche en Sils Maria, sentados ambos en un banco a la orilla del lago de Silvaplana, o quizá en la península de Chastè, por la que solía pasear. En esa conversación, yo le habría expuesto mis dudas acerca de si el determinismo estaba implicado o no por el eterno retorno.
—Amigo mío —me habría respondido, quizá, utilizando una fórmula cortés, aunque yo, quizá, hubiera percibido una expresión de amistad sincera—, ¿crees que si todo retornara de idéntica manera, siendo tú el mismo, podrías actuar de una manera diferente?
—Bueno —dudaría yo, como estoy dudando ahora—, si todo fuera igual y yo también… supongo que no, que no podría actuar de otra manera.
—¿Y a qué crees que se debería esa imposibilidad?—repreguntaría él, mostrándose más socrático que nietzscheano, quizá en atención a mi ignorancia.
—Si todo es igual, no veo nada que pueda provocar una diferencia.
—Pues yo veo ahí determinismo.
Yo no habría sabido qué contestar y los dos nos habríamos quedado en silencio, con la mirada perdida en la belleza inagotable del paisaje alpino. Estoy viendo la imagen en mi mente con tanto claridad que es como si estuviera recordando algo que sucedió realmente. En ese recuerdo, yo no podría seguir contemplativo; a Sils Maria tengo la posibilidad de regresar otras veces si quiero, pero a Nietzsche no es probable que vuelva a tenerlo jamás a mi lado. Ni siquiera aquella vez.
—Amigo —le diría yo, animándome al colegueo—, maestro —me avergonzaría inmediatamente de mi atrevimiento—, me da la impresión de que tienes algo más que decir sobre el asunto, pero, amablemente, esperas que yo lo descubra por mí mismo. Pues bien: mi mente insignificante no es capaz de ir más allá.
—En tu mente, como en la de tantos otros, se entremezclan confusamente libre albedrío, azar y determinismo. Piensas que las mismas causas han de producir por fuerza los mismos efectos y que, por tanto, en las mismas circunstancias deberías hacer lo mismo, y no te gusta tener que admitirlo, pero es que solo ves una alternativa que es peor todavía. Si hicieras lo mismo, sería porque estás determinado por causas necesarias, pero es que si hicieras otra cosa distinta, solo podría explicarse por la ausencia de causas, es decir, por azar. Y tú no decides por azar, supongo.
—No, decido por razones. O al menos lo intento.
—Por tanto, si en las mismas circunstancias decidieras lo mismo sería porqueee…
Y alargaría la última letra, dejando suspendida en el aire la pregunta.
—Porqueee… —respondería yo, pero solo para que él pudiera acabar ya; hubiera sido indigno obligarlo a seguir así durante todo el tiempo que yo necesitara para dar con la respuesta certera.
Tendría que parar al cabo de un momento para tomar aire, pero no me rendiría. Mi mente seguiría deliberando.
—Porqueee… ¡Porque tendría las mismas razones, claro!
—¡Equilicuá! —diría él en alemán, poniendo en aprietos al traductor de Google que hasta entonces se habría desenvuelto con soltura— Una y otra vez el eterno retorno te devolvería a la misma situación, como le sucede a la marmota que tanto abunda en estas montañas el día que despierta de su hibernación, y tú harías lo mismo una y otra vez, pero no porque estuvieras determinado a ello, sino porque tu voluntad querría hacer lo mismo una y otra vez, ya que, si todo fuera igual, las razones para decidirte serían siempre las mismas.
—Creo que ya lo entiendo. Tú ves el eterno retorno como un experimento mental, pero no un experimento para decidir entre libre albedrío o determinismo, puesto que el resultado sería el mismo tanto si te llevan hasta él leyes causales necesarias como si lo hace tu voluntad, que decide siempre lo mismo porque sus razones son siempre las mismas. Lo que demuestra el experimento es la necesidad de ser auténtico.
—Auténtico. Bella palabra: αὐθεντικός, el que tiene autoridad. Empoderado, diríais ahora.
—El eterno retorno te carga de una inmensa responsabilidad, pero no porque alguien te vaya a juzgar y a castigar si no has hecho lo mejor. Te hace responsable ante ti mismo. Al actuar, tú formulas una ley necesaria: por fuerza te comprometes a que siempre harías lo mismo en las mismas circunstancias. Eso otorga una… trascendencia a tus acciones que no está basada en la existencia de ninguna realidad trascendente. Es una trascendencia a ras de suelo, podríamos decir.
—Te sientan bien estos aires alpinos —habría ponderado él discretamente mi discurso.
—Pero eso me crea un problema. ¿Dónde queda ahora mi elogio de la insignificancia? Ninguna decisión es insignificante. Incluso la más nimia llega envuelta en un aura de necesidad y eternidad. De trascendencia. Y lo insignificante es opuesto a lo trascendente.
—¿Lo es?
—¡Claro! Entiendo tu punto, entiendo esa cualidad trascendente que debo ver en mis acciones, en mis decisiones, y, sin embargo, estoy aquí, en medio de este valle excavado por los elementos a lo largo de millones de años, entre estas altísimas montañas, contemplado por nubes indiferentes desde una altura aún mayor, bajo un cielo infinito, sobre una tierra inabarcable, y me veo insignificante. No es que me vea: me siento insignificante. Soy insignificante. ¿Cómo podría tomar decisiones trascendentes?
—¿Cuál dirías que es la diferencia entre una decisión trascendente y una insignificante?
—Bueno, la decisión en sí misma podría ser idéntica, la diferencia está en la actitud, en la perspectiva desde la que la tomas.
—Bien. Hemos visto que una decisión sería trascendente si se tomara desde una actitud de autenticidad, de empoderamiento. Lo haces porque es lo que quieres hacer y te sientes orgulloso de ello, porque es tu decisión. Ahora, dime tú desde qué actitud tomarías una decisión insignificante.
—Yo asocio la insignificancia con la inseguridad, por una parte, y con la indiferencia, por otra. Inseguridad porque la información de que dispones es siempre fragmentaria, incompleta y, seguramente, incierta. Basándote en ella, no podrías tomar una decisión tal que pudieras estar mínimamente seguro de que es la correcta. Y, hagas lo que hagas, es indiferente, porque el curso del universo no se verá afectado, y el rastro insignificante que pueda dejar tu acción será borrado por el devenir en un intervalo de tiempo que es nada si lo comparas con la edad del universo. La inseguridad se opone al empoderamiento; la indiferencia, a la trascendencia.
—¿Y la autenticidad?
—La autenticidad… ¿Quieres decir que, a pesar de mi falta de confianza en que la decisión sea correcta, a pesar de mi convicción de que no cambiará nada importante, yo podría sentirme íntimamente satisfecho porque la decisión es mía, porque es el resultado de mi deliberación y mi voluntad?
—¿Podrías?
—Podría hacer un esfuerzo.
Y lo hice. Hice un esfuerzo intenso y silencioso para llegar hasta el fondo de las ideas que la conversación había suscitado en mi mente, para conciliar eterno retorno y el amor fati con la insignificancia. Me esforcé, pero no conseguí verlo claro del todo. Entonces pensé que no llegaría a verlo claro si no lo planteaba desde mi propio punto de vista, desde mi propio análisis de las ideas de Nietzsche. Era atrevido, era inadecuado, pero aquella era una oportunidad única. Tenía que lanzarme a aprovecharla con decisión, con alegría. Tenía que ser auténtico.
—Vamos a ver, Friedrich, amigo, hermano —me lancé a tumba abierta—, hablemos claro. Tú lo que quieres es reubicar al hombre que ha quedado desubicado por la muerte de Dios. De eso trata el amor fati: de ofrecer algo a lo que agarrarse ante la desolación que provoca el desamparo y el vértigo que provoca el abismo del «Si Dios no existe, todo está permitido». Tú lo que quieres es que nos convenzamos de dos cosas: que lo que hay es lo que vemos a nuestro alrededor y nada más que eso, y que eso es suficiente para llenar una vida humana. Y te inventas el eterno retorno para ofrecer algún tipo de trascendencia, aunque sea a ras de suelo. Porque el sueño de la vida eterna, de la felicidad eterna, es demasiado dulce para renunciar a él una vez que nos ha sido mostrado. Tú ofreces el eterno retorno como una forma viable de vida eterna y el amor fati como una forma viable de felicidad eterna. Sintámonos felices de vivir esta vida, porque no hay otra y hay que ser feliz, sintámonos felices de afrontar el destino, porque llegará y nos arrastrará inevitablemente. Sintámonos felices, aun en medio de la tragedia: ese es el factor común de tus enseñanzas.
«Y luego vendrán las quejas porque se coloquen los libros de filosofía en la sección de autoayuda», pensé, pero no lo dije, porque me pareció que no tenía derecho a infligir esa ofensa innecesaria.
—¿También eres de esos que se quejan de que se les invite a ser felices? —respondió él.
—¡No! ¡Al contrario! ¡Es a lo que aspiro! ¡Pero me tiene que resultar creíble, esa invitación! Y en la tuya, haya determinismo o no, veo demasiada resignación, demasiada inevitabilidad. Un punto de masoquismo, casi: el destino te aprisiona y te arrastra, y tú tienes que gozar de que lo haga. Síndrome de Estocolmo, se llamará eso: sentirte agradecido a tus secuestradores.
—Constato lo que hay y muestro que hay lo necesario para una vida plena. ¿Te parece mal?
—Me parece poco.
—Y como te parece poco, lo añades la insignificancia. Y obtienes… ¿mucho?
—Más.
—¿Qué más?
—Ligereza. Intrascendencia. Alivio. El hombre religioso vivía doblemente angustiado: por tener que habitar este valle de lágrimas, y por el pavor de no ser capaz de hacer lo necesario para merecer la felicidad eterna en lugar del castigo eterno. Tu superhombre se libera de la angustia de habitar este valle de lágrimas, pero solo porque sabe que tiene que conformarse, ya que no hay nada más. No hay vida eterna: lo que hay es esto; relájate y disfruta. Pero tampoco puede relajarse, porque sigue expuesto a la amenaza de un castigo eterno: sentir que no ha sido auténtico, que su decisión ha sido cobarde, y sentir que esa cobardía la repetiría una y otra vez en el ciclo infinito del eterno retorno. Por el contrario, mi hombre insignificante, yo mismo, extraemos de la desolación de sentirnos insignificantes la fuerza necesaria para afrontar esa situación y llevar una buena vida: puesto que soy insignificante, lo que haga es intrascendente. Me siento afortunado de mi insignificancia. Gracias a ella no tengo nada que perder, y gracias a que estoy vivo y soy libre, tengo algo que ganar. Algo insignificante, dirás, pero algo suficiente para llenar mi vida insignificante.
—Bueno, si tú juzgas mis intenciones, voy a juzgar yo las tuyas. Aceptabas el amor fati como la actitud adecuada que uno debe tomar ante la vida, aceptabas el eterno retorno como metáfora iluminadora, pero rechazabas el determinismo que creías implícito en mi postura. En su lugar, propusiste la insignificancia, arguyendo que te permitía ver que tus decisiones son intrascendentes pero no porque no puedas elegir otras, sino porque sus consecuencias serán ínfimas. Te he mostrado que mi propuesta no se basa en el determinismo, te he hecho ver que si todo retornara eternamente, tú harías lo mismo pero no porque te forzaran a ello leyes deterministas, sino porque tu juicio y tu voluntad decidirían lo mismo por las mismas razones. Querías evitar el determinismo y el determinismo ha sido evitado. Pero tú insistes con tu insignificancia, que era la idea con la que querías hacer innecesario el determinismo. Ya no hay determinismo y tú sigues insistiendo con tu insignificancia, hasta el punto de que ya no es insignificante: es un elemento central, algo grande y hermoso, podría decirse. Has resignificado la insignificancia. ¿No será que pretendes, pura y simplemente, dar a conocer al mundo una idea que crees nueva, y que crees genial, quizá porque se te ha ocurrido a ti solo, y la asocias conmigo y la presentas como una enmienda a mis ideas para conseguir que la gente se interese por ella a causa de mi popularidad? ¿No será que pretendes, pura y simplemente, robarme seguidores?
¿Era aquello una discusión entre influencers? Él lo era, sin duda: lleva siéndolo ciento cincuenta años. Yo no, pero su acusación implícita de que intento serlo no puede considerarse infundada, atendiendo a los datos objetivos: publico un blog, tengo cuentas en redes sociales en las que comparto mis reflexiones y poesías, he autopublicado una novela con ínfulas filosóficas y científicas, incluso grabé una serie de charlas en Youtube… Un defensor de la insignificancia que aspira, a través de esa defensa, a dejar de ser insignificante… Nietzsche me había dado donde más duele: en mis propias contradicciones. Y fue como uno de esos sueños dulces y amables en los que de repente sucede algo desagradable que te desasosiega y te hace desear que aquello acabe, y entonces te despiertas y te das cuenta de que está sonando la alarma que habías programado. Y te queda, quizá, algo del sabor dulce de lo que soñabas y algo del sabor amargo del despertar, pero lo que ya no te queda es el sueño. Eso se ha acabado: estás ya despierto. Tienes ante ti los afanes y urgencias de un nuevo día.
A partir de aquí no puedo seguir soñando. Vuelvo a mis (otros) afanes. Solo puedo dejar al lector que valore por sí mismo lo que ha leído y aplique sus propios criterios; que valore lo que ha leído sobre el eterno retorno, el determinismo, el amor fati, la insignificancia… y, si lo cree conveniente, que valore también la honestidad (y otros méritos y deméritos) del hombre que lo estaba soñando y lo ha trascrito.

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