—Los humanos somos animales evolucionados.
—Eso no te lo discutiré.
Vanessa había llegado con las ideas claras. Claras como sus ojos, a los que, en momentos de arrebato, intentaba asomarme, pero no conseguía ver nada a través de ellos porque la luz que irradiaban me cegaba. Claras como la blusa blanca que traía, que, sin ser transparente, clareaba lo suficiente como para que la imaginación tuviera una buena materia prima sobre la que trabajar. Claras como, en fin, la atmósfera del mediodía primaveral, las nubecillas inofensivas que decoraban el cielo o el mármol de la estatua del sabio que nos contemplaba, reflexivo, desde su pedestal, al que habían limpiado hacía poco y lo habían dejado más reluciente pero menos digno.
—Al evolucionar, hemos desarrollado características propiamente humanas, como la conciencia, y sentimientos como la empatía.
«Bendita evolución que ha culminado en la producción de un ser como tú», pensé, pero me esforcé por mantener la ecuanimidad.
—Bueno, eso…
—Eso no es del todo exacto. Diversas especies de animales tienen diversos niveles de conciencia, y también tienen empatía, incluso sentido de la justicia, algunas. Pero en los humanos esas características están mucho más evolucionadas, mucho más desarrolladas.
—Sí, de acuerdo.
Poder darle la razón me resultaba extrañamente excitante. En aquel momento no me detuve a pensar por qué, pero luego, en frío, el autoanálisis en el que recaí con mi habitual contumacia, me hizo verlo claro. Darle la razón significaba aceptar que nuestras ideas coincidían. Una coincidencia podía llevar a otra, y la cadena podía llegar, quizá, hasta una coincidencia anatómica. Supongo que a la mayoría de los lectores les costará creer que funcione así la mente de un filósofo. A quien escribe, también.
—Al ir desarrollando esas capacidades, hemos ido entendiendo que debemos renunciar a prácticas ancestrales que provienen de etapas no propiamente humanas. Aunque estén arraigadas en nosotros —¡con qué gracia separaba los brazos intentando abarcar toda la humanidad!—, esas prácticas ahora nos resultan inaceptables porque se basan en tratar a humanos como si no lo fueran, como si fueran animales, o incluso cosas. Me refiero, por ejemplo, a la esclavitud, o al poder absoluto, o incluso al patriarcado.
—Sí. «Obra de tal modo que uses la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre como fin, nunca simplemente como medio». El imperativo categórico de Kant. Finales del dieciocho.
Me lanzó una mirada especialmente intensa y creí percibir en ella admiración y agradecimiento. Eso me resultó aún más excitante. No hacía falta esperar al autoanálisis para entender por qué. Hasta el frío mármol de la estatua del sabio contemplativo se hubiera entibiado al recibir aquella mirada.
—Pues eso. Los animales, aunque algunos tengan una cierta conciencia, aunque tengan… buenos sentimientos, podríamos decir, no tienen la capacidad de darse normas generales basándose en esa conciencia y esos buenos sentimientos. Sus normas no cambian, sus comunidades no evolucionan, no rectifican sus comportamientos injustos porque no tienen la capacidad de verlos como injustos.
—Claro, provenimos de ellos, pero somos tan diferentes que no sé cómo puedes utilizarlos como para justificar la renuncia… inhumana a una actividad que es de lo mejor que tiene la vida.
—Bueno, el recurso a los animales es solo un primer paso. Ahora llegamos al sexo.
—Estaba impaciente por llegar.
—El sexo es la práctica más ancestral. Mucho más que cualquier otra.
—Eso sí.
—Aunque nos restrinjamos a los mamíferos, proviene de una etapa en la que no había nada parecido a la conciencia ni a los sentimientos. Había solo patrones de conducta determinados con bastante rigidez para asegurar la supervivencia en el medio.
—No es mi especialidad, pero estoy seguro de que era así.
Otra coincidencia. Temí empezar a jadear.
—Ahora viene lo que considero la primera parte de mi tesis: básicamente, el sexo es igual desde aquella etapa oscura. Me dirás que ahora nos enviamos mensajitos y nos regalamos flores y bombones, y ponemos velitas o leds o velitas de leds en la habitación, pero el sexo, el sexo propiamente dicho, el coito, la eyaculación, el orgasmo, son básicamente lo mismo que entonces.
Pese a que las pronunció intentando que sonaran repulsivas, esas palabras en sus labios resonaron en mí como la llamada ancestral al apareamiento. Pero debía mantener la mente fría si quería tener alguna posibilidad de hacer subir la temperatura de nuestra relación. Son las servidumbres de pertenecer a la especie humana.
—Supongo que sí, pero no veo qué trascendencia tiene eso. Si lo miras así, comer, la parte fisiológica de comer, deglutir, también es básicamente igual que entonces, y seguimos deglutiendo, y no podemos dejar de hacerlo. Y no todo es coito. Yo… prescindiría del coito, si ese es el problema.
No pareció que ese fuera el problema.
—Y ahora viene la segunda parte —continuó impertérrita—. Nos lleva al sexo el mismo impulso que a nuestros antecesores en las etapas más remotas, y ese impulso no tiene en cuenta que lo estamos practicando con una persona, puesto que en aquella etapa no había personas. Ni siquiera existía la vaga noción de «congénere», estoy segura. Sentimos un impulso, sabemos cómo satisfacerlo y lo satisfacemos. Conclusión: El sexo no es una actividad propia de humanos, porque al hacerlo con humanos los usamos para satisfacer ese impulso, un impulso prehumano. Los usamos como objetos, como uso yo mis… juguetes. Yo me quedo tan satisfecha como me quedaría si lo hiciera con un humano, pero, en el proceso, no he utilizado a nadie como objeto de placer ni me he sentido utilizada como objeto de placer por otro. No he desobedecido a Kant. Porque utilizar al otro como objeto es algo necesario, totalmente inevitable, en el sexo. En el sexo no hay personas: proviene de una época en la que no las había.
—¡Hostia puta! —reflexioné en voz alta. Y suspiré, y no conseguí exhalar todo mi desánimo a través de aquel suspiro.
—Piensa un poco —se lanzó ella a hurgar en la herida—. El sexo siempre está rodeado de tabúes, de morbo. Deberíamos verlo como un acto natural, como algo bonito, algo necesario para tener niños, algo que hacen dos personas que se quieren. Pero lo vemos como algo morboso. Todos estamos aquí porque nuestros padres han tenido sexo, pero pensarlo nos subleva. Porque nuestros padres son buenos y cariñosos y no podemos imaginarlos comportándose como animales. Porque no podemos aceptar que nosotros mismos seamos el resultado de un acto tan… feo, sucio, impropio de personas civilizadas.
—¡El sexo no es feo ni sucio! Te puedes duchar. Antes y después.
—¿En qué contexto civilizado compartirías el sudor, las babas, los fluidos íntimos con otra persona? Cuando una pareja inicia una actividad sexual, es como si se dijeran: «Vamos a abrir un paréntesis de animalidad. Las reglas civilizadas no valen ahora. Vamos a permitirnos comportarnos como cerdos.» Lo encuentro repugnante. Quien quiera hacerlo, allá él. Yo, no.
No sabía qué decir, pero los filósofos estamos entrenados para tener siempre algo que decir, como el soldado de infantería lo está para seguir avanzando hacia el enemigo aunque oiga silbar las balas a su alrededor y los drones volar sobre su cabeza.
—No estás siendo honesta. Lo presentas como una caricatura para poder ridiculizarlo. No todo está permitido, en el sexo. Una muestra de que la civilización va imponiéndose es que cada vez se toman más medidas de todo tipo, legales, educativas, de formación de la opinión pública, para evitar abusos en el sexo. Incluso cuando es consentido.
—¡Claro! —Ella también tenía algo que decir—. La civilización va imponiéndose y se intenta convertir el sexo en una actividad totalmente regulada. Y la dirección en la que apunta esa tendencia es mi manera de verlo. Sexo sin otra persona. Porque sexo con otra persona, pero sin animalidad, es imposible; sexo totalmente regulado, contractual, es imposible. Una actividad sexual en la que los dos estén seguros de que todas y cada una de las cosas que hacen son deseadas por la otra persona, y que no rebaja la dignidad de ninguno de los dos, deja de ser una actividad sexual. Si hay que consensuar previamente cada uno de los pasos que se van dando… eso no puede funcionar.
—No, desde luego. Hay que… dejarse ir un poco. Un poco, al menos.
Enseguida me di cuenta de que me había enardecido al imaginar la situación, me había dejado ir y había hablado sin pensar, dejando descubierto un flanco por donde era fácil entrar.
—Ese «dejarse ir» significa «olvidar que somos personas y comportarnos como animales». Si no debemos olvidar nunca que somos personas, el único camino es que cada uno se satisfaga a sí mismo, sin molestar a nadie.
Chica lista. Vio el hueco y me asestó su argumento en todo el hígado.
—Estás exagerando, te vas de un extremo al otro…
Si hubiera habido un árbitro, habría detenido el combate y estaría ya contando.
—No, Tomás, sigo en lo mismo, todo el tiempo estoy en lo mismo. No me negarás que a veces tratamos a los demás como si no fueran personas. Por ejemplo, en una guerra se deshumaniza al enemigo, se les considera animales, o demonios, para así poder matarlos sin problemas de conciencia.
Alguna vez leí algo sobre estrategia militar y me sorprendió que la victoria no fuera la última fase de la batalla: después venía la explotación del éxito. En esa fase estaba ella ahora.
—Bueno, pero…
Mi indecisión fue demasiado evidente y ella siguió arrollando.
—Tendemos a deshumanizar al adversario para poder atacarlo sin piedad, e incluso al que es simplemente diferente, de diferente raza, religión o cultura, porque lo percibimos como una amenaza. En todos esos casos, cualquier persona sensata diría que está mal, que no deberíamos hacerlo, y la Declaración Universal de los Derechos Humanos establece que todos los humanos somos básicamente iguales y tenemos los mismos derechos. Pero seguimos haciéndolo porque es un residuo del pasado, del pasado evolutivo, de un tiempo en el que no teníamos conciencia de persona y veíamos a los demás como animales o como cosas. Hemos de superarlo. No hemos de deshumanizar a nadie, nunca. Hemos de dejar atrás las actitudes, las ideologías y las prácticas deshumanizadoras. El sexo entre humanos lo es. Hay que superarlo.
«Uno no valora lo que tiene hasta que lo pierde», me sorprendí diciéndome. Y me reprendí por decírmelo. Y no solo por haber recaído en los tópicos. Fue sobre todo porque pensé que ninguna de las dos se lo merecía: ni Estrella se merecía que la echara de menos, ni Vanessa que la comparara con Estrella, y menos aún se merecía salir perdiendo en la comparación. Pero es que con Estrella el sexo era fácil: eso sí que lo tenía. Eso sí que lo tuve y lo perdí. Y la verdad es que no sé muy bien por qué lo perdí. Cuando me dijo que se iba, insistí en que me diera alguna razón, pero no la sacaba del «No eres tú, soy yo». «Comprende que necesito saberlo para sufrir menos —le dije, avergonzado de recurrir al chantaje emocional—. Aunque no sirva para nada. Es lo mismo que cuando uno ha perdido a un ser querido y no sabe dónde está el cuerpo. Lo necesita, aunque sabe que tenerlo no lo hará volver a la vida; si no lo tiene, no acaba de hacer el duelo.» Al final obtuve algo más:
—Me gusta todo de ti, pero tú no.
Como impulsada por un resorte, mi mente se lanzó a decidir si esa frase implicaba una posición dualista o emergentista. Y enseguida quedé fascinado por su deliciosa ambigüedad. «Me gusta todo lo que se ve de ti, pero, en realidad, tú no eres eso, sino algo que no está a la vista, y eso no me gusta». Eso es dualismo. Pero también: «Tú eres algo más que la suma de tus partes, eres una entidad de naturaleza diferente que emerge a partir de la conexión de esas partes, y las partes me gustan, pero esa otra entidad que surge de ellas, que es lo que tú eres realmente, esa no me gusta». Eso es emergentismo. Valoración final: ambigüedad calculada. ¿Tendría razón Estrella cuando me acusaba de que no la valoraba suficiente en el aspecto intelectual? ¿O es que, por fin, había aprendido algo de mí? Ante disyuntivas de este tipo, siempre tiendo a pensar que la alternativa verdadera es la que me deja a mí en peor lugar, así que la idea de que mi arrogancia intelectual me había impedido apreciar todas sus cualidades y había sido una causa determinante del fracaso de nuestra relación, me estuvo atormentando durante semanas.
Un día descubrí casualmente que la frase era el título de una canción de Serrat. Bueno, saber colocar oportunamente una cita también es una cualidad, aunque sea deshonesto no citar al autor. Aún tenía motivos para pensar que la infravaloraba intelectualmente. Y ahora veía claro que también infravaloraba su disponibilidad sexual. No podía tener con ella una conversación como la que estaba teniendo con Vanessa, pero podía hacer con ella cosas que no podía hacer con Vanessa. «Las comparaciones son odiosas», me autoinfligí.
Buscaba una manera de salir del marasmo emocional y no la encontraba. Al final tuve que recurrir a la estrategia de siempre: la huida.
—¡Que rápido se me pasa el tiempo hablando contigo! No pensaba que fuera tan tarde. Tendremos que dejarlo por hoy.
—Vale. Pero… ¿Me seguirás mandando relatos?
Fue como si hubiera dicho: «Me gusta algo de ti». Algo no es todo, pero es algo.
—¡Claro!
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