Vale, voy.
Bueno, vuelvo a empezar un diario, a ver cómo va.
Esta vez es distinto. No escribo sino que hablo. Estoy grabando con el móvil. Es más fácil así. Luego, cuando tenga ganas, si es que continúo y me parece que vale la pena, lo transcribiré con alguna app, lo revisaré y lo corregiré.
Esta vez también es distinto porque… hay tema. Quiero decir que ha pasado algo que me ha motivado a hacerlo, algo concreto, algo importante. Hoy Blanca ha vuelto a salir sin decirme dónde iba ni con quién. Me veía venir que volvería a pasar. Esto es un territorio desconocido para mí. Estábamos muy enamorados, y ahora… no sé.
Me doy cuenta de que he dicho «estábamos» muy enamorados, parece que no me haya atrevido a decir «estamos». Es que ya son veinte años, no puede ser igual, ha habido muchas historias, muchas cosas buenas y otras… no tanto. Pero nos queremos. Nos llevamos bien, hacemos cosas. Tenemos una vida. Y ahora, de repente, ella ha roto las reglas. No había reglas, claro, no estaban escritas, ni siquiera habladas, pero había costumbres. Los dos tenemos una cierta vida al margen del otro, pero no nos ocultamos nada. Mis amigos, sus amigas… Es una vida inocente, yo no hago nada que quiera ocultarle y hasta ahora ella tampoco lo hacía, creo. Ahora me da a entender que sí. Eso me parece.
Es raro. No intenta buscar excusas para justificar sus salidas. Simplemente se va y no me dice dónde ni con quién, ni al irse ni al volver. Yo no le pregunto, sería una intromisión. Si no me dice nada es porque no quiere que sepa nada. Pero eso… no puede ser bueno. Para nuestra relación, quiero decir. No sé si me está diciendo sin palabras que ya se ha cansado de mí, que me está dejando, o si me está provocando para que sea yo quien dé el primer paso. No quiero ser un mal pensado, pero pensar es inevitable, así que…
No sé qué hace pero sí con quién. Bueno, no lo sé, lo supongo. No: estoy seguro. Queda con Sebas. Su mujer murió hace poco. Sofía, se llamaba. Yo no la conocía. Y a él, apenas. Eran del círculo de Blanca antes de que ella y yo estuviéramos juntos. Cuando nosotros empezamos, ellos ya se habían ido al extranjero. Estuvieron en varios países, por trabajo. Volvieron hace poco. Blanca me lo dijo. Y no mostró interés en verlos. Yo asumí que al cabo de tanto tiempo ya se había roto la relación. Pasó un tiempo, y un día me comentó que Sofía estaba muy enferma. No sé si debieron volver por eso. La cosa es que enseguida se murió. Blanca me dijo entonces que quedaría un día con él para darle ánimos, y a mí me pareció un gesto bonito. Poco después llegó a casa tarde sin avisar. Yo había preparado la cena a su hora y tuve que recalentarla. Se disculpó, me contó que había estado con Sebas, que hacía mucho que no se veían y que la conversación se había alargado. A mí me pareció normal. Le pregunté cómo estaba él, cómo había sido la enfermedad de Sofía, en fin, lo típico, y comentamos alguna cosa más. Y me olvidé del asunto.
Al cabo de unos días, no sé, una semana, me dijo que iba a salir. No habíamos hecho planes y no me invitó a acompañarla. Pensé que había vuelto a quedar con Sebas y no me lo quería decir. Fueron novios de adolescentes, quizá creyó que me mosquearía si volvían a quedar. Cuando se fue me pregunté si debía mosquearme. Pero aún esperaba que al volver me dijera algo así como : «He quedado otra vez con Sebas, el otro día lo vi tan desanimado…» Aunque la verdad es que no me había dicho que estuviera desanimado, me dijo que lo encontró bien. Pero llegó y ni una palabra. Como si volviera del trabajo o del súper. Yo estaba tan confuso que tampoco le dije nada.
Y hoy ha vuelto a hacerlo. Ya no sé. En fin.
Las salidas de Blanca me tienen obsesionado. Me digo continuamente que no tengo que darle más vueltas, pero no me lo quito de la cabeza. Hoy vuelvo a grabar porque ella ha vuelto a salir.
He recordado algo que es muy importante. Al principio de estar juntos nos explicamos las historias que habíamos tenido antes. Creo que los dos percibíamos que la relación que estábamos empezando era diferente de todas las anteriores y queríamos compartirlo todo, establecer la sinceridad total como norma. Pues, bueno, por lo que me dijo y teniendo en cuenta la edad que debía tener entonces, ahora pienso que debió ser con Sebas con quien se inició en el sexo. Ella nunca me habló del tema y yo no se lo pregunté, habría parecido un interés morboso por mi parte. Lo que sí me explicó, más o menos, fue cómo acabó aquella relación. Las familias de los dos se conocían, y de alguna manera el padre de Blanca llegó a sospechar que su hija se estaba acostando con Sebas. Se enfureció, ella era muy joven, habló con los padres de él y les obligaron a separarse. Joder, su padre daba miedo, era un tío autoritario y manipulador.
Eso es lo que ella me dijo en su momento, o lo que yo recuerdo de lo que me dijo. Fue hace muchos años. Pero pensando ahora, he llegado a una serie de conclusiones. Una, ya lo he dicho, es que se inició en el sexo con él, y eso… bueno, eso es algo. Tiene su trascendencia, quiero decir. Otra, que la deduzco basándome en el recuerdo de cómo me lo explicó entonces, es que cuando los descubrieron, tal vez él hubiera preferido rebelarse contra la familia y seguir manteniendo la relación, pero ella se echó atrás. Si fue así, seguramente le quedó una cierta sensación de culpabilidad por su cobardía.
Pero la conclusión más importante es algo que para mí es evidente: el amor entre ellos no desapareció. No cortaron, no se pelearon, sino que les obligaron a separarse sin que dejaran de quererse. Un final en falso. Y ahora él se ha quedado solo, ella se compadece de él, quizá aún siente que le falló al no enfrentarse a la familia, quizá entre ellos todavía queda algo y las circunstancias lo han reavivado…
No sé si estoy delirando un poco, pero el dato objetivo es que ella sale con alguien y no me dice con quién. Eso no es normal, y la explicación que tenga, sea la que sea, no puede ser normal. ¿Debería preguntarle a ella? Eso desencallaría la situación, pero quizá se lo tomaría mal, me llamaría celoso, se enturbiaría nuestra relación… y se acabaría yendo con él. Estoy jodido.
…
He estado un rato pensando y se me ha ocurrido algo más. De la misma manera que puedo imaginar que entre Sebas y Blanca todavía hay algo porque se tuvieron que separar a la fuerza, también podría pensar lo mismo de la relación entre Sebas y Sofía. También se separaron a la fuerza, y en unas circunstancias más dramáticas aún. Yo no tengo ni idea de cómo era la relación entre ellos, pero aunque ya no fuera muy buena, aunque les pasara lo mismo que a nosotros, que con el tiempo se había ido enfriando, estoy seguro de que la enfermedad de Sofía debió hacer que los sentimientos se recuperaran y se fortalecieran. Estoy seguro de que, al saber que se iba a morir, Sebas sintió más amor que nunca hacia ella. A mí me pasaría. El momento en que más valoras algo es cuando sabes que lo vas a perder. Mucho más si ese algo es la persona de la que un día te enamoraste. Si es así, no debería preocuparme. Sebas no empezará otra relación, no tan pronto, sentiría que estaba siendo infiel a Sofía.
Debería hablar con Blanca. A cada momento lo pienso, y en el momento siguiente pienso que no es buena idea. No sé.
He tenido una conversación interesante con Blanca mientras veíamos una serie. Salían dos chavales que eran a la vez hermanos y primos, porque su madre quedó viuda después de tener el primero y se casó en el hermano de su marido, y con él tuvo al segundo. Yo he detectado ahí una oportunidad y me he tirado de cabeza.
—Es una buena idea eso de casarse con el hermano —he comentado.
—¿Por qué? ¿Porque se parecen? —ha respondido ella en tono como de burla.
Yo he dicho que sí, y ella se ha reído.
—¡Qué tontería! Una no se enamora de un tipo de hombre, sino de una persona concreta. Pueden parecerse mucho físicamente y ser muy diferentes como personas. Los genes no tienen nada que ver.
—Normalmente, no, pero creo que en casos como este, sí.
—¿Qué quieres decir?
—A ver. Cuando una pareja rompe, lo que había entre ellos desaparece, es obvio. Los vínculos emocionales y afectivos, quiero decir. Quizá tarde en hacerlo, sobre todo si uno de los dos quería seguir, pero acaba desapareciendo. Pero si no se separan sino que uno de ellos se muere, el otro lo seguirá queriendo siempre. No podrá desengañarse, no podrá cansarse, el muerto no podrá hacerle nada malo, no cambiará, ni siquiera envejecerá. El vivo solo tendrá buenos recuerdos y nunca encontrará motivos para desenamorarse. ¿No te parece?
—No sé…
—A mí me parece que debe ser así. Si llega a unirse a otro, que es una cosa que puede pasar, aunque solo sea por no estar solo, siempre tendrá al primero en la cabeza. Bueno, en el corazón, que es peor. Si ese otro es el hermano, como pasa aquí, es perfecto: compartirán el afecto hacia el primero, y ella podrá considerar que el hermano está… no sé, incluido en el amor que sigue sintiendo por el difunto.
Ella no ha dicho nada, pero la he mirado de reojo y la he visto muy seria.
—¿No lo crees? —he dicho en tono ligero.
—No sé, son especulaciones —claramente no tenía ganas de hablar del tema—. En estos casos, hasta que no te ves ahí no sabes… lo que sentirás, lo que harás.
—Ya.
Bueno. Creo que ha reconocido la situación y quizá le he hecho pensar en los sentimientos que pueda tener Sebas hacia ella. Admito que he hablado con toda la mala intención. Le he venido a decir: no te hagas ilusiones con él, nunca te querrá de verdad, siempre seguirá colgado de Sofía, de su recuerdo. Espero que lo haya entendido. Y espero que se haya convencido.
No sé si la conversación del otro día habrá tenido algún efecto. Hoy ha vuelto a salir. Podría pensar que va a despedirse de él, pero no lo creo. Lo que se me ha ocurrido es otra posibilidad mucho peor. Cuando se ha cerrado la puerta me ha venido a la cabeza una imagen de Sebas confesándole a Blanca su amor. «Siempre te he querido. Busqué una alternativa porque tú eras inaccesible. Por eso me casé con Sofía. Intentaba que salieras de mi mente, de mi corazón, pero no pude. Siempre he pensado en ti y siempre te he querido.» Podría pasar perfectamente. Si es así, estoy jodido. Se irá con él. La posibilidad de retomar un amor frustrado de adolescencia debe ser una tentación irresistible.
La verdad es que no estoy muy seguro de que eso fuera malo. Si se quiere ir con él, es mejor que se vaya de una vez en lugar de mantener una relación clandestina ante mis ojos. Que se aclaren las cosas. Yo la sigo queriendo… dentro de lo que cabe, pero si ella se ha enamorado de otro, pues… que se vaya con él y a otra cosa.
¿Qué debería hacer? Me veo incapaz de afrontar el problema de cara, de hablar con ella. Le he dado tantas vueltas que me mareo solo de pensarlo. Pero, después de la conversación del otro día, he empezado a imaginar maneras indirectas de tratarlo. He pensado en comentarle lo que yo creo que pasa pero como lo hice en aquella conversación, como una situación… hipotética, teórica, a ver cómo reacciona. Se me ha ocurrido algo concreto: me las arreglaré para traer a cuento que si dos amantes son separados a la fuerza, el amor entre ellos continúa, pase lo que pase. Que hay ahí una tensión sin resolver y que se pasarán la vida deseando resolverla. Romeo y Julieta: ese es un buen punto de partida para llevar la conversación adonde quiero. Y es fácil hablar de Romeo y Julieta a partir de la trama de alguna serie, o de un libro, o de un caso real… Eso haré. A ver qué pasa.
Otra vez se ha ido.
Saqué el tema de Romeo y Julieta. Ella se rió y me dijo que esas cosas ya no pasan. Y no era una risa nerviosa. Me desconcertó. Yo creía que fue lo que les pasó a Sebas y a ella, que les separaron a la fuerza. No sé. Puede ser que quiera hacer ver que eso no pasó para no dar pistas sobre lo que está pasando ahora. El caso es que yo quise alargar la conversación, aunque ella no mostraba ningún interés, y dije que, en mi opinión, si Romeo y Julieta hubieran hecho caso a sus familias y hubieran seguido cada uno por su lado, y luego se hubieran vuelto a encontrar al cabo de veinte o treinta años, todavía existiría atracción entre ellos, porque habían abortado la relación mientras esa atracción estaba viva. Siempre les quedaría el runrún de que hubieran sido más felices si hubieran seguido adelante. Y uno siempre quiere ser todo lo feliz que pueda.
Aquí sí que me pareció que vacilaba. Y no en el sentido de que dudara de si yo tenía razón. Era más bien como si quisiera decir algo pero no se atreviera, como si fuera un tema… delicado. Bueno, en realidad lo que hizo fue responder con evasivas, y cuando yo insistí, dijo: «¿Por qué coño estamos hablando de esto?» No sé, un desinterés demasiado exagerado. Siempre se habla de cosas, y casi siempre son cosas intrascendentes.
Últimamente pienso a veces que nuestra relación es demasiado superficial. En realidad no estoy muy seguro de saber cómo es Blanca, cómo piensa, qué pasa por su cabeza. Quizá nunca se pueda saber del todo, no te puedes meter en la mente de otra persona, pero… no sé, me da la impresión de que pasarlo bien juntos y hacer el amor tal vez no sea suficiente.
Al cabo de un par de días pasó algo que, cuando lo pensé por la noche, lo encontré significativo. No duermo bien, he vuelto a tomar Orfidal. No recuerdo de quién estábamos hablando, algún personaje de actualidad, era una conversación sin importancia, y entonces ella lo comparó con su padre. No se llevaba bien con él y algunas veces lo criticaba, pero desde que murió no lo mencionaba nunca. El caso es que ese día empezó a despotricar de una manera que nunca le había oído: prepotente, falso, machista, orgulloso… y alargó el discurso un buen rato echándole en cara un montón de cosas, como si tuviera una cuenta pendiente con él. Como si, después de muerto, su padre siguiera amargándole la vida.
Bueno, si un amor cerrado en falso subsiste indefinidamente, no sería de extrañar que también siga existiendo el odio hacia quien hizo imposible que se desarrollara de manera natural. Pero ¿por qué le quemaba tanto ese odio en ese momento? ¿Por qué necesitaba exteriorizarlo, por qué necesitaba que yo tuviera constancia de ello? Al pensarlo por la noche se me ocurrió que sin duda lo que hizo su padre le estaba provocando un conflicto justamente en ese momento. Lo pasado, pasado está, pero lo presente hay que gestionarlo. Y en el presente tenía que elegir entre Sebas y yo.
Si no hubiera sido por su padre, ella estaría con Sebas y no tendría ningún conflicto. Por culpa de su padre tuvo que elegirme a mí como mal menor, y ahora tiene que decidir si renuncia al amor de su vida por ser coherente con aquella elección, o si sigue a su corazón y me deja a mí por él, así… sin más, sin ningún otro motivo.
Ese conflicto me rebota a mí. Yo la quiero, desde el primer día la considero el amor de mi vida, pero ¿me da eso derecho a impedir que ella pueda ser feliz al lado del que considera el amor de su vida? ¿Cómo puedo seguir siendo feliz con ella si la estoy privando de su felicidad?
En fin, un Orfidal y a dormir.
El último día que Blanca salió no llegué a tomarme el Orfidal. Cuando iba a hacerlo decidí jugar la carta del sexo. Últimamente lo hacemos poco. Ya venía de lejos, pero desde las citas misteriosas aún es peor. Los sábados son nuestro día fetiche y ese día es casi obligado, pero el resto de días, nada. Pues eso, decidí que cuando llegara lo intentaría.
No quiso. Pretextó cansancio y me prometió que lo haríamos al día siguiente. No es normal. Si no le apetece, me dice que no le apetece y ya está. Y si alguien habla del día siguiente soy yo, intentando arrancarle una promesa. En fin, que me acabé tomando el Orfidal. Y tardó en hacerme efecto.
Al día siguiente no pasó nada.
Luego se me ocurrió otra cosa, y no sé muy bien qué pretendía con ella. Un triángulo. Había empezado a plantearme, así como posibilidad, si aceptaría compartir a Blanca con Sebas. Bueno, me lo había planteado porque creo que eso ya está pasando, y yo lo acepto… por omisión, podríamos decir. No hago nada por impedirlo. El caso es que me planteé la pregunta: «¿Por qué no puede ser que Blanca os quiera a la vez a Sebas y a ti?» Siempre damos por supuesto que en el amor tiene que haber exclusividad, pero ¿qué razón hay para que sea así? Uno puede tener muchos amigos y mantener la misma buena relación con todos ellos, uno puede tener varios hijos y quererlos a todos por igual. ¿Por qué uno solo puede tener una pareja?
Pues… no sé, pero es distinto. Pienso en compartir a Blanca con Sebas y no lo puedo aceptar. Son los sentimientos, no las ideas. Aunque piense que no tiene nada de malo, mis sentimientos se rebelan ante la idea. No puedo. No puedo aceptarlo, pero… seguramente está pasando.
Total: pensé en sacar el tema de una relación triangular. Supongo que quería ver si se daba por aludida y también demostrarle que no puede ir bien, por si ella cree que sí. Me inventé un argumento en contra y, a la primera oportunidad, se lo planteé.
—Yo creo que una relación triangular solo puede funcionar si los dos del mismo sexo son bisexuales.
—¿Otra de tus ideas extravagantes?
—No me parece tan extravagante. Si los tres comparten el amor, no sé, me cuesta ponerme en esa situación, pero no veo por qué no podría funcionar. Pero si los dos del mismo sexo no pueden compartir el amor, se crea ahí una barrera, no se cierra el círculo.
—No sé si te entiendo. El círculo… ¿Qué círculo? ¿Qué necesidad hay de cerrarlo?
—Pues… no sé cómo decirlo. El círculo que forman los tres. Que deberían formar. Y para eso hace falta que esté todo a la vista. Como en una pareja normal. Una pareja de dos, quiero decir. En un triángulo en el que los dos del mismo sexo no sean bi, para cada uno de ellos hay algo así como una habitación cerrada: la relación entre los otros dos. El tercer vértice, vamos a decir, no tiene problema, no oculta nada a los otros y los otros tampoco le ocultan nada, con ellos mantiene una intimidad total. Pero ellos, los del mismo sexo… cada uno se siente excluido de la relación de los otros vértices entre sí.
—Pero eso siempre pasará, aunque sean bi.
—No, no es lo mismo. A ver, estoy intentando imaginar lo que pasaría en una situación que me cuenta imaginar, porque no estoy en ella —y la miré, y ella desvió la mirada—. Pero creo que una relación entre tres no puede ser dos relaciones entre dos. No debe ser eso, quiero decir. Los tres deberían sentir lo mismo hacia los otros dos. Como en una pareja, que cada uno siente lo mismo hacia el otro. Hay reciprocidad: yo doy todo y recibo todo. Pues si eso lo trasladamos a un triángulo, cada uno lo debería dar todo a los otros dos y recibir todo de ellos.
—Eso es muy raro. Sigo sin entenderlo demasiado.
—Lo diré de otra manera: cada uno ha de estar enamorado de los otros dos. Solo así aceptará plenamente la relación entre los otros dos, porque no es algo… opaco para él. Es como… una prolongación de su relación con ellos dos, de su amor.
—¡Vaya película te has montado!
¿Vaya película me he montado? ¿La película de que ella, Sebas y yo somos un triángulo? ¿Quería decir eso?
No sé. Vaya mierda.
El último día que salió, Blanca estaba rara cuando volvió. Estaba como… cariñosa, como con ganas de hacerme sentir bien. No quiero decir que eso no pase nunca, no estamos tan mal, pero… no sé, cuando está cariñosa no lo está de esa manera. Se me ocurrió que quería hacerse perdonar algo. Y más aún cuando, al irse a la cama, me invitó a acompañarla con un gesto… sexy. Yo acepté e hicimos el amor de una forma muy apasionada. Desde el día que ella me dijo que estaba cansada y que lo dejáramos para el día siguiente, no habíamos vuelto a hacerlo, ni siquiera el sábado. Nunca habíamos estado tanto tiempo sin liarnos. Ese día estuvo muy bien, los dos estuvimos muy entregados. Cuando nos pusimos a dormir me pregunté cómo debía interpretar lo que había pasado y no pude decidirme entre dos explicaciones opuestas: que había roto lo que hubiera entre Sebas y ella y volvía a mí, o que se sentía culpable y quería compensarme. Al final me dije: «Disfruta de lo que tienes mientras dure» y me quedé dormido.
Al día siguiente me planteé cómo averiguar cuál de las dos interpretaciones era la correcta. Ella estaba quizá un poco más contenta de lo normal, pero es lógico después de haber tenido una buena noche. Soy poco original, volví al método de siempre. No podía hablar otra vez del triángulo, me hubiera enviado a la mierda, así que decidí plantear una variante: las relaciones abiertas. En las últimas semanas he pensado muchas veces que aceptar una relación abierta haría desaparecer instantáneamente el problema. A mí me resultaba muy difícil de aceptar, por no decir imposible, pero no estaba muy seguro de qué elegiría si las alternativas fueran perderla del todo o conservarla en una relación abierta.
—Quizá el poliamor no está mal —dije cuando vi una ocasión—. Los que lo practican están contentos.
—Yo no lo veo.
Me sorprendió que esta vez tuviera una postura tan definida. Me sorprendió y me animó.
—¿Por qué? El otro día que hablamos del triángulo me pareció que no lo veías mal.
—¿No lo veía mal? —y me lanzó una mirada de escepticismo— No sé si puede funcionar una relación triangular, lo veo muy difícil, pero el poliamor me parece imposible. El triángulo es una figura cerrada. El poliamor sería… una red abierta.
—Ya, entiendo lo que quieres decir. Pero, ¿por qué te parece tan importante que la relación sea cerrada?
—Me parece que el amor crea algo así como… una cápsula. Una cápsula de intimidad, de confianza, de complicidad. La relación que tienen entre sí los que están dentro es diferente de la que tienen con los que están fuera. Dentro están abiertos, y por esa misma razón, son vulnerables.
—Y cuanta más gente, más vulnerabilidad, más riesgo, quiero decir…
—Sí. Que haya solo dos da más seguridad porque permite tener la situación más controlada, aunque tal vez pudiera caber algún otro, no sé. Pero en el poliamor no hay cápsula porque no controlas los extremos. Tú sabes la relación que tienes con dos, o tres, o cuatro, o los que sean, pero no sabes las relaciones que tienen estos con otros. Y hablo de relaciones amorosas, ¿eh?, donde hay intimidad total, confianza total… Formas parte de una red de la que no conoces los límites, y a través de esa red se transmite tu intimidad, tu complicidad, a gente que no conoces. No puedes sentirte segura, no puedes sentirte a gusto.
Me quedé boquiabierto. ¿De dónde había sacado Blanca esa teoría? No es que no la viera capaz de inventarla, es que ese tipo de explicaciones teóricas, abstractas, no le interesaban lo más mínimo. Normalmente le parecían especulaciones con las que no valía la pena perder ni dos segundos. Me dejó tan sorprendido que no dije nada.
—¿No te parece? —preguntó ella.
—Sí, creo que sí. Creo que tienes toda la razón. Claro, no puedes confiar en quien no conoces. Es una explicación muy… buena. Y creo que solo puede haber garantías de éxito en una relación de pareja. La cápsula mínima, dos, es la única en la que puedes sentirte seguro.
Ella me sonrió, y detecté complicidad en su sonrisa. Y fue como si de repente me diera cuenta de que en nuestra cápsula había quedado abierta una escotilla y aquella sonrisa la cerraba.
Durante un rato ninguno de los dos dijimos nada. Yo estaba ocupado extrayendo consecuencias de la conversación que acabábamos de tener, pero ella parece que tenía otra cosa en la cabeza.
—Oye, ¿qué te parece si un día invitamos a Sebas a cenar? Está muy solo.
Viene mañana. A ver qué pasa.
La cena con Sebas. Durante la mayor parte del tiempo la conversación fue tan insulsa que me sentí culpable de haber pensado todo lo que había estado pensando estos días. Entre ellos había… no sé cómo decirlo, cierta familiaridad. Sí, eso, familiaridad. Se conocían desde siempre, sus padres eran amigos; que exista una cierta familiaridad entre ellos es lo natural. No me pareció sospechoso.
Yo buscaba todo el tiempo alguna manera de introducir un tema de conversación… equívoco, pero no lo conseguía. Estaba poco inspirado, he de reconocerlo. No sé, estudiaba demasiado cada palabra antes de decirla. Pensaba en cómo podía reaccionar Blanca, y con ella es más fácil, la conozco, quiero decir que conozco sus reacciones, pero pensaba también en cómo podía reaccionar Sebas y a él apenas lo conozco.
En algún momento hablaban de unos antiguos amigos con los que Sebas había perdido el contacto.
—Se separaron hace ya tiempo —dijo Blanca.
—¡Vaya! Los recuerdo tan enamorados…
—Sí, lo estaban. Hace veinticinco años. Luego ella se lió con otro.
—Esas cosas pasan —intervine yo con la intención de mantener vivo el tema.
—¿Qué cosas? —preguntó Sebas mirándome con atención— ¿Que el amor se enfríe con el tiempo o que haya un cambio de pareja? —Y sonrió, y yo creí detectar ironía.
—Bueno, supongo que una cosa lleva a la otra. Eso sería una evolución… natural, podríamos decir. Uno… una se cansa y busca otra cosa. Pero a veces el cambio de pareja se produce cuando todavía hay calor, a causa de una interferencia externa.
—Pues no tendría que ser así.
—¿No tendría que haber interferencias externas?
—Ni una cosa ni la otra. Una nueva relación no tendría que ser vista como una interferencia y no debería provocar un cambio de pareja. Las parejas se encierran en una burbuja pensando que así su conexión está más protegida, pero a la larga eso es insostenible. Sin oxígeno, el fuego se apaga. Lo que tú llamas interferencia externa debería servir para aportar aire fresco.
—¡Qué curioso! El otro día hablábamos de eso Blanca y yo. Y ella no lo ve así.
—¿Ah, no? —y se volvió hacia ella— ¿Cómo lo ves?
—Bueno, no recuerdo muy bien, creo que decía que si no hay burbuja, no controlas las conexiones —arrastró un poco las palabras, como si no se sintiera a gusto hablando de ese tema—. Es una red abierta, no sabes quién está conectado. Compartes tu intimidad con personas que no conoces.
—¡Eso es maravilloso! —exclamó Sebas, y yo vi que se dibujaba en el rostro de Blanca una expresión que conocía muy bien. Se le formaba una arruga en mitad de la frente, justo encima de la nariz. Sucedía cuando tenía que aceptar una derrota, ya fuera en un juego de mesa o en una discusión al ver que se quedaba sin argumentos.
—Yo entiendo lo que dice Blanca —intervine—. Podría funcionar una relación entre más de dos, pero siempre que sea cerrada. Si no sabes quién hay más allá, no te das por completo.
—Si te das a una persona es porque confías plenamente en ella, ¿no?
—Sí. En esa persona, sí.
—Si ella se da también a otra, debe ser porque ella confía también en esa otra. Y, puesto que tú confías en ella, puedes pensar que la otra persona es también digna de confianza. Si no, no la habría elegido. En cierta manera te puedes sentir identificado con esa otra persona, tendrías que sentir simpatía hacia ella, porque es tan confiable como tú. Porque la ha elegido con el mismo criterio que te ha elegido a ti. ¿No te parece?
—Pues… no sé. Bueno, quien lo tenía más claro era Blanca. ¿Tú qué piensas, amor?
Tardó un momento en contestar.
—En este tema lo importante no es lo que se piensa, sino lo que se siente. Si ves claro que deberías aceptar una determinada situación pero tus sentimientos te impiden aceptarla, eso es lo que cuenta. Voy a traer el postre.
Y se levantó para recoger los platos. Como un resorte, Sebas y yo nos levantamos también. La conversación quedó interrumpida.
Empezamos a comer el helado en silencio, pero yo no podía dejar la cosa así.
—Veo que eres partidario del poliamor —dije a Sebas.
—Sí —me respondió. No me esperaba una respuesta tan seca y no supe qué decir.
—Qué interesante —dije cuando vi que no continuaba.
—¿Conoces la teoría de los seis grados de separación? —me preguntó al cabo de un momento, y se puso la cucharilla en la boca y me miró esperando la respuesta, en un gesto que tenía algo de pícaro.
—Ni idea —dije.
—Piensa en cualquier persona del planeta. Un actor famoso, un rey, un asesino en serie. Tú no la conoces personalmente, pero seguro que se puede crear una cadena desde alguno de tus conocidos que siga a través de alguno de sus conocidos y así sucesivamente hasta llegar a esa persona. La teoría de los seis grados de separación dice que puedes llegar a cualquier persona del planeta a través de solo seis intermediarios.
—Parece… increíble.
—Sí, lo parece. Pero está bastante comprobado. Pues ahora imagina que esa red abierta de la que hablaba Blanca, se cierra.
—¿Cómo?
—Imagina que tú, o yo, iniciamos una relación poliamorosa. Empieza a crearse una red, y es cierto que en principio es abierta, porque tú no puedes imponer a nadie que no inicie nuevas relaciones. Eso va en contra de la idea de poliamor.
—Sí, claro. Lo que decía Blanca. Bueno, lo que decimos los dos.
—Ahora imagínate que en mil lugares más del mundo se inician redes de poliamor. Su propia dinámica lleva a que se extiendan más y más. Tú puedes haberte enamorado de veinte personas, y un día conoces a otra con la que estableces conexión y…
—…haces crecer la red.
—Eso es. A la larga, las redes acabarán conectando entre sí.
—Vale. Cuando todas se conecten, formarán una única red mundial de poliamor. Esa es la idea, ¿no?
—Esa es la idea. Algunos creemos en esa idea y nos esforzamos por llevarla a cabo.
—Pero… ¿Qué quieres decir? ¿Que formáis algo así como una organización secreta? ¿Una conspiración del poliamor?
—Una conspiración del amor, en todo caso. No somos una organización, pero sí que somos mucha gente que pensamos de la misma manera. Y no es secreta, pero es cierto que no nos gusta hablar de ello con personas que no forman parte de la red. Habría quien no lo entendería, quien lo malinterpretaría, campañas de desprestigio, odio… No queremos fomentar el odio, queremos fomentar el amor.
—Ya. Vaya. Nunca me lo hubiera imaginado.
—Pues ahora que lo sabes, imagina que un día se llega a formar esa red cerrada de personas enamoradas, una red mundial de amor. ¿No crees que el mundo sería un lugar mucho mejor? ¿No te parece que todos tendríamos la mejor disposición hacia cualquier otro humano sabiendo que compartimos el mismo amor, que estamos conectados afectivamente con él a través de solo unas pocas personas?
—Pues, hombre, sí, es una idea bonita, pero… no sé…
Y callé para evaluarla. Enseguida empecé a pensar cómo podía afectar a la relación entre Blanca y yo, y una idea se me cruzó de repente.
—Oye, Sebas, una cosa que no entiendo. ¿Por qué nos has explicado eso de la conspiración del amor, si dices que no os gusta que se entere gente que no forma parte de ella?
Sebas sonrió y luego miró a Blanca. Ella bajó la vista, con una expresión como de… timidez que me resultó extraña. Luego me miró a mí.
—¿Tú qué crees? —respondió, ensanchando la sonrisa.
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