—Recapitulando: tú decías que Sartre tiene razón. El sexo entre humanos es esencialmente un conflicto que no puede resolverse, y para evitarlo propones renunciar a él.
Me detuve un instante esperando su reacción. Ella asintió ligeramente, sonriendo, y no era una sonrisa simpática; era más bien una sonrisa burlona, incluso desafiante.
—Yo digo que no la tiene. La existencia de sentimientos positivos hacia los demás, como la empatía, demuestra que no queremos someterlos, sino ponernos a su nivel. Es cierto que el sexo proviene de una etapa en la que no teníamos conciencia y no éramos humanos, y por tanto acepto que su práctica arrastra una cierta animalidad. Pero la conciencia de que somos humanos y de que la cosa con la que estoy haciendo el amor es también humana, permite superar esa animalidad y tratarla como persona. Y esos residuos de animalidad pueden utilizarse para enriquecer la experiencia, pero siempre de una manera respetuosa y controlada conscientemente. Quiero decir que tú puedes jugar a ser animal, y jugar es divertido, pero eres plenamente consciente de que eres una persona, y tu pareja también, y de que solo estáis jugando. Dijiste que, al hacer el amor, los amantes abren un paréntesis durante el que se convierten en animales. Yo digo que, en todo caso, abren un paréntesis durante el que juegan a ser animales. Y eso es divertido.
—Ya —dijo ella, y se chupó un dedo, el índice de la mano derecha, la buena, puesto que era diestra, en un gesto de duda o de reflexión concentrada, como si estuviera intentando resolver un problema difícil. Se lo introdujo entre los labios y, como los dejó entreabiertos, pude ver que también hacía intervenir la lengua en el chupeteo. Yo me envalentoné al verla vacilante y, por qué no decirlo, me excité un poco viéndola chuparse el dedo. Un poco… o un poco más que un poco. Diría que también se excitó el sabio de mármol, pero él un poco menos. No lo tiene fácil, siendo de piedra.
—Por ejemplo, la postura del perrito —no me hace ningún bien recordarlo, pero creo que curvé ligeramente la espalda como esbozando un intento de ponerme a cuatro patas—. Es una postura como otra cualquiera. Es viable anatómicamente y permite el tipo de… contacto, y… fricción de órganos que se requiere para que el coito culmine satisfactoriamente para ambas partes. Pero la idea de que lo estamos haciendo como perros le da una… gracia especial, un morbo, como decías tú el otro día, que aporta un estímulo adicional, y eso siempre va bien en estas situaciones. O la postura de…
—No sigas por ahí —me cortó.
—Bueno… —Me avergoncé de haber sido tan explícito. Los ejemplos siempre ayudan a captar la idea…
—He captado la idea perfectamente, pero todo eso me parece… anecdótico.
—Lo anecdótico es la animalidad —me defendí—. El sexo puede ser totalmente satisfactorio sin pensar para nada en animales.
—Lo anecdótico es la animalidad explícita. Las… posturitas y jueguecitos. No hace falta coreografiarlo: el sexo es animal desde el origen. El impulso sexual es anterior a la conciencia; eso ya había quedado claro. Cuando me lanzas una de esas miradas de deseo que crees que no capto, ¿no estás sintiendo, en el fondo, el mismo impulso, el mismo tipo de deseo, que sentirías ante un bombón de chocolate? Así me ves cuando me deseas: como un objeto de placer, como un bombón de chocolate. Sé sincero: ¿sí o no?
—Bueno… yo puedo… racionalizar mis impulsos… —Me sentí como si me hubiera presentado con la bragueta desabrochada. No, seré sincero como ella me pidió: me sentí como si me hubiera presentado con el pene colgando por fuera de la bragueta. Más exactamente: me sentí como si ella se hubiera dado cuenta de que yo llevaba el pene fuera de la bragueta y de que, al verla chuparse el dedo, se me había espabilado repentinamente. Bueno, esto último quizá pasó de verdad. Pero no creo que ella lo viera. Discretamente, me había asegurado de que llevaba la bragueta cerrada.
—Eso es un sí. Y racionalizar los impulsos consiste en convencerme de forma civilizada, en persuadirme con recursos… galantes, para que te deje hacer lo que deseas: gozar de mí como si fuera un bombón de chocolate.
Una vez estuve a punto de volverme loco. Loco de verdad. Creo que me salvó mi tendencia al autoanálisis, mi preferencia patológica por intentar entender las experiencias en vez de vivirlas. Me pareció imperdonable perder el juicio sin aprovechar la ocasión, ahora que la tenía, para entender qué era perder el juicio. Y cuando lo entendí, la cosa perdió la gracia, por así decirlo: perdí el interés por volverme loco. «¿Qué me está pasando?» —me pregunté con genuina curiosidad intelectual antes de dar el paso irreversible. Y me di cuenta de que no me sentía una sola persona, una sola entidad, sino un puñado de ellas, cada una con su propia dinámica, con sus propios intereses, con sus propios objetivos, y me di cuenta de que en realidad eso era siempre así; siempre coexistían en mi interior dinámicas diferentes, divergentes, e incluso enfrentadas. Pero eso no era algo nuevo, y eso no era volverse loco. Lo que era nuevo es que ahora no podía controlarlas. Y eso era volverse loco: no saber quién es uno realmente, porque uno se siente muchos a la vez y todos son él. Aclarado el misterio, regresé a mis rutinas habituales. Pero la experiencia me dejó un cierto trauma, y a veces sentía un escalofrío al percibir que podía estar acercándome otra vez a aquella situación.
Pues bien: Vanessa había conseguido llevarme allí de nuevo. Una parte de mí aceptó que ella tenía toda la razón, que lo que yo deseaba era justamente lo que ella había dicho: gozar de su cuerpo y nada más que eso. Y otra parte de mí se sintió educadamente ofendida por la sospecha de que fuera eso: lo que quería era estrechar una relación fundamentada en la simpatía mutua y en la afinidad intelectual que, eventualmente, pudiera llegar a conducir a una mayor intimidad que, si una iniciativa compartida y consentida llevaba a ello, acabara extendiendo ese espacio de intimidad hasta abarcar lo físico. Y la primera parte de mí, la salvaje, ni siquiera podía dejar acabar la frase a la parte civilizada: se estaba preparando para saltar sobre Vanessa, despojarla de la ropa, ignorando completamente sus deseos, palpar su carne deliciosa, saborear los recovecos de su piel y, finalmente, penetrarla y poseerla sobre la hierba del campus, a los pies de la estatua reluciente del sabio contemplativo. Y, para rematarlo, levantar la cabeza y decirle: «¡Esto es lo que hay que hacer con la vida, tío, a ver si te enteras, esto es vivir, y no pasarse siglos contemplando todo y reflexionando sin llegar a nada!».
Suspiré. Eso fue lo que hice, una vez más: suspirar. A los pies de un sabio reflexivo, suspiraba un fracasado.
—Eso es un argumento ad hominem —lloriqueé.
—¿Qué quieres decir?
—Que te metes con la persona que presenta el argumento, no con el argumento mismo.
—Perdona, no quería meterme contigo. No me imaginaba que fueras tan… sensible.
Y, por el tono en que pronunció la palabra, donde dijo «sensible», yo entendí «gilipollas» o algo peor, algo más ofensivo, mucho más ofensivo tanto para mí como para ciertos colectivos respetables de nuestra comunidad. Eso ya era pasarse.
—Oye, que aquí la rarita eres tú. A mí me gusta lo que a todo el mundo.
—Yo no le gusto a todo el mundo.
Y me miró con una expresión seria y concentrada, como si acabara de formular una tesis muy profunda y todavía no hubiera podido salir del estado de intensa clarividencia intelectual en el que la había concebido.
Yo permanecí un momento sin responder, analizando furiosamente la frase y el contexto en el que había sido pronunciada para ver si constituía un indicador de que aún me quedaba alguna esperanza —«Yo no le gusto a todo el mundo, y me gusta gustar, y me gusta gustarte a ti, y gustarte me hace sentir bien, y me gustaría agradecértelo, y te dejo elegir cómo»— o era simplemente una broma. Una broma que jugaba a confundirme. Porque estaba confundido y debía ser evidente a sus ojos que lo estaba. Al cabo de un momento se echó a reír.
—Venga, tío, no te rayes.
Y adelantó su mano derecha, en cuyo dedo índice aún quedaba, probablemente, algún rastro de saliva, y la posó en mi hombro y lo sacudió ligeramente, en gesto de camaradería. «Algo es algo», me dije.
—Oye, siempre hablamos de lo mismo. Podríamos hablar de otra cosa.
—Vale —acepté con alivio.
Y buscamos otro tema de conversación y, la verdad, no lo encontramos.
—Empieza a hacer fresco —dijo ella al cabo de un rato, y agradecí que hubiera planteado una salida digna a la situación.
Nos despedimos apresuradamente.
¿Cuánto te ha interesado este contenido?
Haz clic en una estrella para puntuarlo. ¡SOLO EN UNA!
Promedio de puntuación 5 / 5. Recuento de votos: 1
Hasta ahora, ¡no hay votos!. Sé el primero en puntuar este contenido.
¡Siento que este contenido no te haya resultado interesante!
¡Déjame mejorar este contenido!
Dime, ¿cómo puedo mejorar este contenido?
