—Pero, como profesor de metafísica, ¿qué te parece mi argumento?
Y volvió a sorber su zumo con la pajita mientras me miraba expectante.
—¿Como profesor de metafísica? No sé si puedo valorarlo objetivamente, como si estuviera calificando un examen. Es un asunto en el que tengo… interés personal.
—Con respecto a hacer «eso» conmigo, pierde toda esperanza, ya te lo he dicho. Valórame como si fuera una alumna.
—No sé si me veo capaz de verte como una alumna…
—¡Una alumna sexy! Supongo que, académicamente, las valoras igual que al resto, ¿no? —y por la forma en que me miró mientras lo decía, y por la forma como lo dijo, parecía querer ilustrarme el concepto de «alumna sexy», por si no lo había entendido.
«Las mujeres tienen un índice de grasa corporal mayor que el de los varones —me instruí—, así que esas formas que tanto te gustan, esa redondez perfecta de las mejillas que provoca que al sorber se le formen los hoyuelos que te han dejado encandilado, esas curvaturas exquisitas de las caderas, de las nalgas, ese… volumen delicioso de los pechos, pura promesa de placer en tres dimensiones, todo eso es pura grasa». Me propiné esta reflexión como terapia de choque, como quien se abofetea para mantenerse despierto mientras conduce.
—Bueno, la conclusión a la que llegas no la comparto, pero la verdad es que algo de lo que dijiste suena razonable. Incluso… incluso podría decir que está bastante de acuerdo con mi propia manera de entender la conciencia.
—¿La conciencia? ¿Ah, sí? —y me premió con una sonrisa encantadora en la que no percibí el menor rastro de grasa—. Explícamelo, anda.
Por lo menos iba a recuperar un cierto protagonismo.
—Verás, a mí me parece bastante evidente que en el desarrollo evolutivo por el que han pasado nuestras facultades cognitivas hasta llegar a la mente consciente, hay tres etapas. La más básica es la del campo perceptivo: solo hay percepción. Solo existe lo que estoy percibiendo este momento, y solo existe porque está en mi campo perceptivo actual. No existe nada fuera, ni cosas, ni personas. No hay más que formas y colores.
Hablar del desarrollo de las facultades cognitivas me resultó tranquilizador. Otros se repiten un mantra o rezan, si es que no son lo mismo. A mí el discurso sobre facultades cognitivas me funcionaba.
—Vale. Eso podrían ser especies de seres vivos con un sistema nervioso muy básico, con un cerebro muy elemental.
—La segunda etapa sería la del mundo objetivo. Fuera del campo perceptivo, existe un mundo objetivo. En esta etapa se considera que mis percepciones son percepciones de cosas que existen por sí mismas, al margen de que yo las perciba o no. Por ejemplo, un animal está siguiendo con la mirada una posible presa y ve que de repente desaparece detrás de un obstáculo. Si está en la etapa del campo perceptivo, el cazador se olvida de ella: no la percibe, no existe. Era solo algo que antes estaba y ahora no. En cambio, en la etapa del mundo objetivo, el cazador entiende que se ha escondido, porque las cosas no dejan de existir cuando no las veo. Irá a buscarla detrás del obstáculo.
—Vale. Especies con un cerebro más complejo, más conectado, más próximo al nuestro.
—Y la tercera es la de la autoconciencia, la de los humanos: tenemos conciencia de nosotros mismos. Y este salto final, que parece muy misterioso, puede explicarse de una manera muy simple: consiste en considerar que nosotros somos una cosa más de ese mundo objetivo. Y de la misma manera que miramos las cosas y a otros individuos y nos damos cuenta de cómo se comportan, también podemos mirarnos a nosotros mismos, aunque la forma de mirarnos sea diferente, y ver cómo nos comportamos.
—Mmmm…
—Lo que tenemos de especial los animales con autoconciencia no es que sentimos. Todo animal que modifica su conducta en función de los estímulos que le llegan, siente, porque, de alguna manera, está captando lo que percibe y eso le permite decidir cómo afrontarlo. Los humanos no solo sentimos: nos damos cuenta de que estamos sintiendo. En realidad, al tener autoconciencia, nos convertimos a nosotros mismos en cosas, en objetos. Nos ponemos a la altura de las cosas, nos miramos como se mira a las cosas.
—Ya. —Y asintió ligeramente varias veces, como acabando de procesar lo que había oído.
—Así que, no te preocupes porque en el sexo se trate a la pareja como un objeto: tú misma te tratas como un objeto por el simple hecho de ser consciente de ti misma.
Ahora sonrió, pero en su mirada había un brillo intenso, como si acabara de ver claro algo que hasta entonces veía entre sombras.
—¡No, no, es al contrario! ¡Ahora tendrás que darme la razón definitivamente!
—Creo que no has entendido bien —respondí, receloso.
—Yo creo que sí. Gracias a la autoconciencia, también nos damos cuenta de que somos como los demás.
—Sí —admití con cautela—. ¿Y eso qué?
—Tú dices que la autoconciencia nos hace vernos como objetos, porque hace que nos percibamos a nosotros mismos como percibimos al resto de las cosas del mundo. Pero algunas de esas cosas son nuestros congéneres, los humanos. Y el tipo de cosa que nosotros somos es esa: un humano. Por tanto, si nosotros somos como ellos, ellos son como nosotros. Y como nosotros somos un sujeto, ellos también son sujetos. También sienten, también se perciben a sí mismos.
—¿Y? —pregunté, y tenía la intuición de que iba a pasar una de estas dos cosas: o ella iba a decir una tontería, o iba a decir algo con mucho sentido. No estaba seguro de cuál de las dos posibilidades prefería.
—Pues que esa es la base de la empatía, de los buenos sentimientos hacia los demás, de los derechos humanos. Ellos son como yo, yo soy como ellos: he de tratarlos como me trataría a mí misma. Lo que dice Kant. El progreso de la autoconciencia nos hace avanzar cada vez más en ese sentido, y, cuanto más avanzamos, más claro queda que una actividad que nos deshumaniza, que nos animaliza, que nos cosifica, es una rémora, un resto persistente de una etapa evolutiva anterior que deberíamos superar.
Fue algo con mucho sentido. «Peor sería que fuera tonta», me dije sin mucha convicción.
—Sartre planteaba algo parecido —divagué.
—¡Sartre! «El infierno son los otros». Hice un trabajo sobre él en el instituto, pero no recuerdo nada más que eso.
—Creo que recuerdas más de lo que crees. Te pervirtió la mente. A esas edades somos muy influenciables. Tanto preocuparse por la pornografía y las drogas, y os administran filosofía sin ninguna precaución.
—¿Qué planteaba, Sartre?
—Lo que expresa esa frase que has citado: «El infierno son los otros». Las relaciones interpersonales son esencialmente conflictivas, porque tu mirada cosifica al otro, ve un aspecto de él, unos ciertos aspectos, una manera de ser: es simpático, es serio, es decidido, y lo categoriza, lo encasilla, pero el otro se siente mucho más que eso; el otro se siente un ser libre que desborda cualquier imagen que te puedas hacer de él, cualquier categoría en la que lo quieras meter.
—¡Eso no se parece a lo que yo digo! —protestó.
—Me refería a su postura sobre el sexo. —Me di cuenta de que había pronunciado las palabras «sexo» y «postura» en la misma frase dirigiéndome a ella y tuve que carraspear antes de seguir para espantar los malos pensamientos—. En el sexo, la cosificación ya es inevitable desde el origen, porque el deseo sexual es deseo carnal, deseo del cuerpo del otro, pero el otro no es un cuerpo, es algo más. Y lo peor es que tú también sabes que es algo más, y no te conformas con poseer su cuerpo; quieres poseerlo a él como ser consciente. Quieres que el otro se entregue a ti todo él, no solo el cuerpo. Y nunca podrás obtener satisfacción, porque, de entrada, el otro también quiere someterte a ti, y no puede someterse y someterte a la vez. Pero, aunque aceptara someterse, eso tampoco te satisfaría, porque al hacerlo renunciaría a su libertad, y con ello estaría renunciando a lo más esencial del ser humano, y por tanto tú ya no lo poseerías como persona, sino como una especie de robot, como una especie de zombi.
—Pues en eso tiene toda la razón.
—Pues hace un momento lo has refutado —dije—. Aclárate —y me sentí un abusón de patio de colegio.
Quedó sorprendida y algo confusa. Justo lo que había pretendido.
—¿Cómo lo he refutado?
—Diciendo que la autoconciencia tiene como consecuencia necesaria la empatía. La mera existencia de la empatía como un impulso natural de la mente autoconsciente refuta lo que defiende Sartre, refuta que el conflicto sea inevitable. Al ser consciente de lo que percibe el otro, me pongo no por encima ni por debajo de él, sino a su lado.
—¡Qué va! ¡Eso no está en contra de lo que yo digo! —recuperó la seguridad en sí misma al mismo tiempo que yo la perdía, como si se la hubiera transferido a través de un vaso comunicante—. De acuerdo en que la empatía permite superar el conflicto, pero es gracias a que te hace renunciar a todo aquello que comporta conflicto inevitablemente, como es el sexo. Cuando aparece la conciencia, la etapa anterior debería quedar atrás. La empatía supera el conflicto gracias a que nos hace ver que nos hemos de situar por encima de esas actividades propias de la etapa anterior, actividades que son conflictivas en esta nueva etapa en la que nos damos cuenta de que los demás también son personas. Aparece la conciencia y nos dice: empatiza con el otro, no te lo folles.
Sentí que se me estaba follando, pero no de la forma que yo hubiera elegido. De una forma que a mí no me producía placer, sino dolor. El abusón estaba siendo abusado. Y suspiré. «Este es tu terreno —me monologué—, y aquí tú eres el profesor. No seas mierda.» No es que tenga poca confianza en mí mismo, es que a veces tengo mucha y a veces no tengo nada. Y lo peor es que en ciertas ocasiones, en ocasiones… especiales, la transición de uno a otro extremo es instantánea, y las subidas y bajadas se suceden con tanta rapidez que es como recibir una descarga eléctrica.
Aquella ocasión estaba siendo la más especial de las ocasiones especiales. Temí quedar paralizado. Acalambrado.
Y entonces su móvil maulló tiernamente. Le dio un vistazo y me dijo:
—Perdona, tengo que irme.
Salvado por la campana.
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