Un compendio de mis deambulaciones literarias y filosóficas, y otros yerros.
 
Ser y placer – 7. El placer que se da el ser
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    —Todo eso que explicabas el otro día, que somos dos cosas, el yo narrador y el yo… robótico, el avatar material, decías, le he dado muchas vueltas, pero me sigue pareciendo especulativo, indemostrable y fantástico.
    —Tú quieres mantenerte en el punto de vista científico, y me parece muy bien. No te muevas de ahí. La ciencia está muy bien, todo está bien con ella, es maravillosa. Es solo que hay algo, una cosa, la conciencia, que no la puede explicar. Lástima.
    Ese final fue un desplazamiento de la frustración en toda regla. No me daba mucha lástima, la ciencia. Ni mucha ni poca: ninguna. Me daba lástima mi situación con respecto a Vanessa, y las insuficiencias de la ciencia me daban una excusa para redirigir la lástima hacia ella.
    —Yo no te puedo explicar la conciencia científicamente, de acuerdo, pero tú tampoco me puedes demostrar que hacerlo es imposible.
    Esa me la sabía.
    —Mira, para empezar, tú tienes el mismo prejuicio que la inmensa mayoría de los científicos. Lo tiene incluso una mayoría de los filósofos y, probablemente, también del público en general. El prejuicio es: todo tiene que poder ser explicado. Y lo cierto es que no hay ninguna necesidad de que sea así. Nos tranquiliza creerlo, eso es evidente. Incluso podría decirse que la evolución biológica, la adaptación al medio, nos ha impuesto que lo creamos: todo podrá ser explicado, así que dedícate con todas tus fuerzas a intentarlo, porque si hay algo a lo que no encuentras explicación, la culpa es tuya. Y no. ¿En qué puedes basarte para creer que todo tiene que poder ser explicado?
    —Bueno… La ciencia progresa continuamente. Cada vez podemos explicar más cosas.
    —Eso es un argumento circular. Todo se tiene que poder explicar porque cada vez podemos explicar más cosas. Y seguiremos pudiendo explicar más y más cosas, hasta explicarlo todo, porque todo se tiene que poder explicar. A no ser que encontremos algo que no se pueda explicar. Entonces, ya no podremos seguir creyendo que todo se puede explicar.
    —Y ese argumento tuyo es muy general. No sé, igual algún día encontraremos algo que no podamos explicar, pero no demuestra que ese algo sea precisamente la conciencia. Danos tiempo.
    —Os daría toda la eternidad, pero como no podré estar al final esperando que reconozcas que estabas equivocada, te daré ahora la demostración que me pides.
    «A pesar de que tú no me das nada», me dije automáticamente. Pero enseguida me rectifiqué. Me daba su presencia. Había aceptado que le enviara los relatos, los leía, había aceptado quedar conmigo, nos íbamos viendo, escuchaba mis divagaciones, no se cansaba de mí. Yo, a cambio de eso… le hubiera dado todo lo que me hubiera pedido.
    —Venga.
    —Te dije que la conciencia es la narradora de tu vida, y tú crees que eso no puede ser porque crees que eso quiere decir que la conciencia es algo inmaterial, algo, no sé, espiritual. Yo no digo nada de eso. Esa narradora está en tu cuerpo, funciona gracias a las operaciones de tus células. Lo que digo es que su funcionamiento no puede ser explicado científicamente. Me refiero al funcionamiento de la conciencia, de la narradora, no de las células. La ciencia no puede explicar que la actividad de esas células produzca la conciencia.
    —Seguimos en lo mismo: todavía no me has explicado por qué.
    —¿Tienes sed, ahora mismo?
    Esperaba que dijera que sí. Habría ido a buscarle un refresco y hubiera vuelto a ver aquellos hoyuelos cuando chupaba la pajita… Pero eso me hubiera distraído del concepto, que ahora era lo importante.
    —No mucha.
    Una suerte para la razón. Una desgracia para la pasión. Aunque era de esperar. Ya había visto que sus labios, aquellos pliegues que mostraban al mundo una porción generosa del rosado de sus mucosas íntimas, estaban húmedos. Intenté alejar mi pensamiento del concepto de mucosas íntimas húmedas.
    —¿Cuánta?
    —No sé… más bien poca.
    —¿Del cero al diez?
    —¿A qué viene eso?
    —Imagínate que soy un científico y quiero explicar por qué bebes cuando bebes. Beber es una acción muy sencilla, muy inocente. Querer explicar por qué piensas lo que piensas sería mucho más complicado. Y, bueno, supongo que tú bebes cuando tienes ganas de beber, ¿no?
    —Sí, claro, pero mis ganas de beber tienen un origen fisiológico.
    —Claro. Supongo que bebes porque tus células están… secas o algo así.
    —Algo así.
    —Vale. Pero tú no notas la sequedad de tus células ni nada parecido. Tú notas que tienes sed.
    —Que es la manera como mis células me informan de que necesitan hidratarse.
    —Seguro que sí. Ahora, con tu permiso, te voy a comparar con un robot. Si fueras un robot, esa medición del estado de tus células… o lo que fuera, activaría en tu centro de control la acción de beber en algún momento, y ese momento dependería de su programación. El robot sí que podría medir que su necesidad de beber era de, pongamos, seis. Si su programación estableciera que su umbral para beber era de seis, bebería ya. Si fuera de siete, esperaría.
    —¡Ah! Ya veo por dónde vas.
    —Tú, a diferencia del robot, ni siquiera puedes tener una medida precisa de tu sed. Lo cual impide que puedas tener una regla tan clara como la suya: cuando tenga una sed de siete, beberé. No, no funcionamos así.
    —Bueno… somos mucho más complicados, pero quizá la diferencia solo sea esa, la complejidad. Conscientemente, yo percibo la sed de una manera, digamos… cualitativa, pero el nivel de hidratación de mis células puede ser medido con precisión. Si se tuviera una medición precisa de ese nivel de hidratación, y también de todo el resto de estados fisiológicos que pueden tener que ver con la decisión de beber, podríamos llegar a saber cuándo mi cerebro decidirá que es el momento preciso de beber.
    —No.
    —¿No?
    —No. De ninguna manera.
    —Demuéstramelo de una vez.
    Había una nota de aburrimiento o, peor aún, de desencanto, en la forma como lo dijo. Temí que fuera a perder la paciencia.
    —Tu sensación de sed es subjetiva, y lo subjetivo no se puede explicar desde lo objetivo. La necesidad objetiva de beber se puede explicar a partir del estado de las células, pero la necesidad subjetiva, no, y es la que te hace beber. Y si no se puede explicar, no es solo porque lo subjetivo sea diferente de lo objetivo. Hay una imposibilidad más profunda. Lo objetivo es un subconjunto, una pequeña parte, de lo objetivo.
    —¡Vaya! ¡Qué cosas!
    —Te dije el otro día que el narrador crea el mundo objetivo. Parece una fantasía, pero es estrictamente así. Lo verás con un ejemplo. Un niño está aprendiendo a hablar. Es capaz de distinguir los colores, porque eso no se aprende, y resulta que, vete a saber por qué, cuando ve algo azul, le produce una sensación de tristeza, y cuando ve algo rojo, siente alegría. Le enseñan los nombres de los colores y no entiende exactamente lo que quieren decir las palabras «rojo» y «azul», porque en las explicaciones que le dan no interviene lo que para él es lo más importante en relación con esos colores: la emoción que le producen. Hasta que un día alguien le dice: «El rojo es el color de la sangre; el azul es el color del cielo». Y entonces, de repente, lo entiende. Entiende que esas palabras no se refieren a la emoción que le producen los colores, sino que esa emoción, que para él era lo fundamental, tiene que dejarla de lado. Cuando hable con alguien y use la palabra «rojo», la alegría tiene que quedársela para él. De cara a los demás, tiene que hacer como si el rojo fuera tan poco alegre como el azul.
    —Ya —dijo, y se volvió a chupar el dedo de la misma forma que el otro día.
    «¡Oh! —pensé—. ¡Si pudiera descubrir qué combinación de ideas o de palabras le produce la emoción que le impulsa a hacer ese gesto!».
    —La percepción, la manera como cada cual experimenta las cosas, es estrictamente subjetiva. Depende de la perspectiva de cada cual, y eso incluye tanto sus características personales, que son irrepetibles, como su posición en el mundo, que solo ocupa él, y su evolución personal, que también es específica. De esa percepción, de esa experiencia del mundo, seleccionamos los aspectos que son comunes al resto de los humanos, lo intersubjetivo, y con eso constituimos el mundo objetivo. Por tanto, lo que queda fuera es lo que no se puede encajar con lo objetivo. Y eso no puede ser explicado desde lo objetivo, puesto que es, justamente, lo que no se ha podido integrar. Lo privado, lo personal, lo subjetivo.
    —Bueno, a ver, de acuerdo en que hay algo subjetivo, las emociones, sí, pero lo fundamental son los procesos fisiológicos. El papel de las emociones es… marginal.
    —Ahí te equivocas estrepitosamente. Las emociones son la causa última de nuestras acciones. Por eso no podemos explicar nuestra conducta desde la objetividad, porque en el mundo objetivo las emociones no juegan ningún papel. Son un residuo subjetivo, como tú dices. En el mundo objetivo, las emociones no pueden ser la causa de nada. Pero lo cierto es que la causa de nuestra conducta son las emociones. Por tanto, la causa de nuestra conducta no puede ser explicada objetivamente.
    —No, no exageres. Hay personas muy emocionales, pero en la mayoría, la mayoría de las veces, la causa de nuestras acciones es racional: hacemos lo que pensamos que es mejor. Y si no hablamos de causas concretas, sino de eso que tú llamas causas últimas, esas son biológicas: la supervivencia del individuo y la reproducción de la especie.
    —Estoy de acuerdo al cien por cien con eso. Pero, dime: ¿Cuándo fue la última vez que oíste a la naturaleza susurrarte al oído de la mente: «Tienes que preocuparte por sobrevivir, tienes que reproducirte»? Lo de reproducirte… o no te lo ha dicho nunca, o no le has hecho ningún caso.
    —Bueno, esas causas últimas, que vendrían a ser los principios básicos de nuestra conducta, están implícitas en nuestras motivaciones concretas. Están… implementadas en nuestro sistema nervioso y nuestro sistema endocrino.
    —Eso sería si fuéramos robots: estarían embebidas en nuestra programación. Pero somos seres vivos, y la naturaleza nos transmite esos principios biológicos a través de las emociones.
    —¿Cómo? —preguntó. Pero me pareció que lo había entendido y que no le gustaba.
    —Volvamos a la sed. Tus células están deshidratadas, pero tú no te enteras de eso. Tú tienes una emoción negativa, una sensación desagradable que te produce ganas de beber. La naturaleza te está diciendo que tu supervivencia individual te exige que bebas, pero te lo dice a través de una emoción, y tú respondes desde la subjetividad, valorando a tu manera todas las circunstancias en las que estás en ese momento. La misma sed no produce la misma conducta en diferentes personas. Ni siquiera en ti misma en diferentes momentos. Es más: ya hemos visto antes que ni siquiera podemos medir con precisión la intensidad subjetiva de la sensación de sed, y eso sería imprescindible para poder conectarla con fenómenos físicos, que son lo único que puede ser causa de algo en el mundo objetivo. Podemos analizar los procesos fisiológicos que producen una emoción, pero no podemos analizar la percepción subjetiva de esa emoción, y es esa percepción, y no los procesos fisiológicos que hay detrás, lo que nos induce a actuar.
    Tardó un momento en contestar.
    —Bueno, no sé por qué le damos tantas vueltas a este problema, no sé qué relación tiene con el origen de la discusión, que era el sexo y la empatía. Y, ahora que lo pienso, tú le negabas todo el valor a la empatía. Yo dije: «Empatiza con el otro, no te lo folles», y tú dijiste que más valía follar que empatizar, porque la empatía es engañosa y el sexo, no. Pero ahora dices que lo más auténtico son las emociones, y resulta que la empatía es una emoción. Deberías darle importancia.
    —El placer sexual también es una emoción, pero es más auténtica que la empatía porque no piensas que signifique nada. No piensas que a través del placer puedas conocer nada. En cambio, la empatía produce la percepción engañosa de que estás captando lo que está sintiendo el otro, y eso, no. Eso es imposible.
    —Bueno, la empatía es un sentimiento positivo, nos une, nos hace sentir bien, y no hay necesidad de interpretarla así como dices tú, así… metafísicamente. Y el placer sexual… yo también lo obtengo. Y sin cosificar a nadie.
    ¡Joder, otro de sus giros inesperados! Pero tenía razón en una cosa: perdido en abstracciones metafísicas, me había olvidado de por qué estábamos allí: el sexo, en primer término, y más concretamente, su manera de practicarlo. Tuve que improvisar.
    —En cierta forma, la masturbación es tan engañosa como la empatía.
    —¡Vaya! No hago nada bien, según tú. Así no me vas a engatusar.
    —Ni así ni de ninguna otra manera, ya lo has dejado claro. —¿O es que la estaba convenciendo? ¿O es que estaba a punto de conseguir que cambiara de idea?— Aunque, bueno, si quieres cambiar de idea, por mí no hay problema. No te reprocharé que seas incoherente. La coherencia está sobrevalorada.
    —A ver, listo, ¿qué es lo que tiene de engañoso la masturbación? Da lo que promete, como tú dices. Promete placer y da placer. No promete más que eso y no da más que eso.
    —No me refería a la masturbación en general, sino a la forma en que tú la practicas.
    —¿Cómo sabes la forma en que la practico? ¿Te lo has estado imaginando? ¿Has utilizado la inteligencia artificial para… visualizarlo? ¡Serás guarro!
    —¡No, no! —Lo de la inteligencia artificial no se me había ocurrido—. ¡No me refiero a eso! Me refiero a… la mentalidad con la que lo haces, a esa idea tuya de que es un acto más… honesto que el sexo compartido porque no cosificas a nadie. Lo cierto es que te cosificas a ti misma. Das placer a tu cuerpo. Bueno, haces que tu cuerpo se dé placer a sí mismo y tú eres consciente de ello, te das cuenta de que tu cuerpo está sintiendo placer y te recreas en eso. En la masturbación, el yo narrador goza viendo gozar al yo narrado, en plan voyeur.
    —¡Joder, tío! ¡Eso tuyo sí que es una masturbación mental!
    —Bueno, preferimos llamarlo filosofía.
    Ella rio. Yo me animé. Y seguí.
    —Quizá se me ha ido un poco la olla, pero lo que quería decir es que la cosificación es inevitable. De la misma manera que no puedes conocer cómo es realmente el otro, porque no puedes acceder a su yo narrador, ya que está fuera del mundo objetivo, tampoco puedes conocerte realmente a ti misma; no puedes acceder a tu yo narrador.
    —¿Pero no habíamos quedado en que lo que yo soy realmente es mi yo narrador?
    —Sí, lo eres, pero no te conoces. Eres una conciencia que conoce cosas; una conciencia que, para conocer, objetiva, y tu yo narrador no es una cosa. Para conocerse a sí mismo, tiene que verse como una cosa, y esa cosa es el yo narrado, el corporal, que vive en el mundo objetivo. Algo que se puede ver y tocar.
    —¿Algo que se puede ver y tocar? —preguntó, y no fui capaz de decidir si el tono de censura era real o fingido.
    —Desde el punto de vista metafísico —me apresuré a puntualizar—. Quiero decir que no hay imposibilidad metafísica. La imposibilidad es… contingente.
    —Contingente.
    —Sí. Desaparecería si mediara… consentimiento.
    —Ya.
    No consentía explícitamente que la tocara, pero consentía implícitamente en que viera una porción generosa de su yo corporal. Lo mostraba al mundo objetivo con legítimo orgullo.
    —Bueno, lo que quiero decir es que tu yo corporal es diferente de la conciencia que lo conoce, y es todo lo que puedes conocer de ti misma. Eres tú proyectada en el mundo objetivo, como tu sombra es el perfil de tu cuerpo proyectado en el suelo. Desde lo subjetivo, puedes mirar a lo objetivo, puedes mirar a tu sombra, pero desde lo objetivo no puedes mirar lo subjetivo: tu sombra no puede mirarte.
    Me había metido en ese jardín, que no era el de Epicuro sino un laberinto de maleza, siendo consciente de que me estaba dando un tipo en el pie; ahora me parecía que, en realidad, el tiro me lo había dado en la cabeza.
    —¡Venga ya! ¡Es increíble! Para ti, Sartre era demasiado optimista: no solo existe un bloqueo entre yo y los demás, sino también entre yo y… yo misma.
    —Siento ser portador de malas noticias. Culpa a la metafísica, no a mí.
    —¡Yo soy yo! —Y se dio golpecitos en el pecho en un gesto que me hizo pensar en un pecador arrepentido—. ¡Yo soy yo, yo misma y mí misma! ¡No necesito cosificarme para saber quién soy!
    —No hay otro camino. Si no te cosificas, si no te objetivas, tendrías que retroceder a la etapa anterior, pero entonces no había conciencia, no había autoconocimiento. El autoconocimiento es desdoblarse: tu yo consciente se ve a sí mismo como una cosa que forma parte del mundo. Y esa es la única manera en que se puede ver. No puede verse de una forma más directa, más… auténtica. Solo puede ver a su avatar. Al muñeco, a la marioneta.
    —Bueno —dijo, después de una pausa pensativa—, si tienes razón, quizá sería mejor retroceder a esa etapa anterior. Si tienes razón, la autoconciencia es un engaño.
    —Y todo lo demás —puntualicé, empeñado en cerrarle cualquier escapatoria.
    —Es cierto que los animales tienen una pureza, una honestidad, que los humanos ya no tenemos —reflexionó en tono melancólico.
    —¡Vaya! Lo último que esperaba oír de ti es un elogio a la animalidad. El motivo de la discusión es que tú rechazas el sexo compartido porque lo encuentras propio de animales.
    —Consigues que me avergüence de ser humana. Pero tampoco quiero retroceder. Me gusta darme cuenta de las cosas.
    —Ese «darse cuenta» en realidad es falsear la experiencia. Encasillarla. Te das cuenta de que estás viendo esta cosa y esta otra, de que estás en un determinado punto del mapa, en un determinado día del calendario, a una determinada hora del reloj. Y esas casillas, esas categorías con las que desnaturalizas la experiencia, crees que son lo más real que hay. Y no. La experiencia más auténtica sería simplemente sentir sin encasillar. Pero eso ya no es posible para los humanos.
    Una vez tuve un affaire con una colega a la que conocí en un congreso. No prosperó, a pesar de que los dos teníamos buenas razones para seguir. Bueno, los dos teníamos la misma razón, en cierta forma: era danesa. Para mí, eso la colocaba en un pedestal comparable al del sabio contemplativo, pero un pedestal que no era de mármol frío, sino de erotismo ardiente. Llamadme fetichista, si queréis; no hago daño a nadie. Y para ella, siendo danesa, que le diera la oportunidad de instalarse en el cálido sur, el paraíso al que ellos vienen de vacaciones, debería haber sido razón suficiente para ponerme a mí en otro pedestal, fuera del tipo que fuera. Pero no.
    —Eres un misógino —me dijo.
    —¡Si me encantan las mujeres!
    —Te gusta nuestro cuerpo, pero te molesta que en él haya una persona.
    —Bueno… —La crítica era dolorosa, de esas que te ofenden especialmente porque te enfrentan a algo que sospechas que está ahí, pero que nunca te atreves a mirar de frente. Por suerte, o por méritos propios, encontré la forma de salir airoso—. En todo caso, mi misoginia está incluida en mi misantropía. La persona que hay dentro del cuerpo de un hombre me molesta todavía más. Y ni siquiera me gusta el cuerpo.
    Quizá Ingrid tenía razón. Porque, además, se llamaba Ingrid, y eso la hacía aún más irresistible. En estos tiempos, Ingrid se ha convertido en un nombre bastante corriente aquí, pero ella era danesa, y eso la hacía diferente de las otras Ingrid; ella era Ingrid de verdad, como lo son unos pechos naturales comparados con unos de silicona.
    El caso es que si Ingrid hubiera estado allí y hubiera visto cómo estaba hablando a Vanessa, me hubiera dicho… bueno, no hubiera hecho falta que me dijera nada, su mirada de desaprobación hubiera sido suficiente. Ni siquiera hacía falta que estuviera allí. Mi yo narrador la estaba viendo avergonzarme con la mirada.
    Y es que Vanessa parecía afectada. Contemplaba con fingida atención el cielo infinito, o la estatua del sabio reflexivo, no estoy muy seguro, y en su expresión persistía la melancolía, si es que no había llegado a convertirse ya en tristeza. Esperé. Y… me avergüenza escribirlo, me avergüenza incluso recordarlo, pero sentí una cierta satisfacción al percibirla acorralada. Acorralada por mí. Mi yo narrador se cuidó de no mirar en la dirección de Ingrid.
    —Tengo que irme ya —dijo al final.
    «A llorar», me dije yo.

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