Un compendio de mis deambulaciones literarias y filosóficas, y otros yerros.
 
Ser y placer – 6. El problema difícil

Ser y placer – 6. El problema difícil

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(1)

    Fueron unos días bastante oscuros. Solo conseguía desconectarme de mi tiniebla interior mientras trabajaba en los relatos. Sublimar siempre se me ha dado muy bien: sé cómo obtener, a través de una actividad intelectual, el placer que no puedo conseguir de la forma que me gustaría. No es el mismo placer, claro, y tal vez ni siquiera sea placer. Es más bien olvidarme de sentir el dolor de la frustración. Pero funciona.
    Y cuando no sublimaba, maquinaba. El jardín de Epicuro que creí atisbar el primer día había sido un espejismo producido por el exceso de deseo. Lo que en realidad había a mi alrededor era páramo yermo. El páramo yermo del desamor. Aunque no podía haber desamor porque nunca había llegado a haber amor. Solo en mi imaginación anhelante. Bueno, tampoco había páramo yermo. Solo en mi imaginación sombría.
    Fue ella la que propuso volver a quedar, en respuesta al envío del tercer relato de la serie. Yo acepté, y gracias a esa concesión recargué un poco mi ego. «Soy magnánimo», me dije.
    La saludé con una cierta frialdad. Ella estaba jovial, como siempre. Y, como siempre, algo vibraba a su alrededor, algo que producía un cosquilleo en los átomos de mi cuerpo. O en las moléculas. O en las glándulas, no sé.
    Empezamos hablando de banalidades y, como la última vez, no fluyó. Había un elefante en el campus y hacíamos como que no. Hasta que…
    —Y con respecto a nuestro debate, ¿has pensado algo? —dijo como si nada—. Me sorprende que no te quede más que decir.
    Bueno, a ver, me dije. Ella no ha dicho que yo no le guste. Al contrario: el primer día dijo que le gusto. Y tampoco que no le guste el sexo. Le gusta y lo practica… ¿Asiduamente? ¿Esporádicamente? ¿Cada vez que regresa a casa después de una de nuestras citas? Empezaba a imaginar y me esforcé por volver al concepto. Ella dejó claro que la principal razón para que no quisiera… conectar los conceptos «sexo» y «Tomás» era filosófica. Y me la explicó. ¿Para qué me la explicó? Para comprobar si era una razón sólida. Me pidió la opinión. Implícitamente, me pidió que se la intentara rebatir. Eso quería decir que confía en la razón, en los argumentos, y que acepta la posibilidad de que un buen argumento la haga cambiar de opinión.
    ¿Yo tenía algo más que decir? Sí, claro: el producto de mis maquinaciones despechadas. Pero eso no la haría cambiar de opinión. Traía cargado un bazuca argumental tan potente que, tras el disparo, no quedaría entre nosotros ni siquiera páramo yermo. Solo tierra quemada.
    La miré. Percibí la vibración. Y me vi acercando la mano a su mejilla, acariciándola levemente, conectando con ella de mirada a mirada y transmitiéndole no deseo, sino cariño. Me vi aproximándome más y más, rodeando su cuello con mi brazo y atrayendo su cabeza con dulzura, con suavidad, hasta que nuestras mejillas se rozaban. Sintiéndome acogido por su abrazo espontáneo, gozando de la suave presión de su pecho contra el mío, de su respiración junto a mi piel. Y, entonces, con movimientos misteriosamente sincronizados, nuestras bocas se buscaban, traducían la recién estrenada conexión inmaterial a conexión carnal, y acontecía nuestro primer beso.
    Mis fantasías se esfumaron de golpe cuando advertí que en su mirada no había ternura alguna, sino aquella actitud burlona que ya conocía. Y disparé sin pensar más.
    —Bueno, en realidad yo creo que Sartre tiene razón, y la tiene por motivos metafísicos profundos. Tan profundos que ese conflicto esencial en la relación con el otro no puede superarse, ni con empatía ni con nada. No lo quería sacar a relucir porque lleva a una visión de la existencia humana muy negativa y pesimista, pero si vamos a ir hasta el fondo, si vamos a contar verdades, tengo que decirlo.
    —Te escucho —dijo, y frunció la frente en un gesto leve de preocupación que consideré una leve victoria.
    —El problema difícil de la conciencia, el hard problem. ¿Has oído hablar de él?
    —No, creo que no.
    —Imagina un robot humanoide dotado de una inteligencia artificial muy avanzada. Tanto, que su comportamiento es indistinguible del de una persona. Hablas con él y, si no sabes que es un robot, no lo sospecharás. ¿Crees que tendrá conciencia?
    —No, claro que no.
    —¿Por qué?
    —Bueno, lo que se dice siempre: no se da cuenta de lo que hace, no decide libremente, está programado para comportarse así.
    —Muy bien. No se da cuenta de lo que hace. Ahora imagina que el fabricante quiere lanzar una versión mejorada, la versión definitiva: SelfAI, el robot consciente. Tiene que añadirle algo que le permita darse cuenta de lo que hace. ¿Cómo tendría que ser ese algo?
    —No sé, ni idea. No sé si es posible.
    —Ese es el problema difícil de la conciencia: no tenemos ni idea de qué tipo de procesos físicos nos permiten darnos cuenta de lo que hacemos. Los neurocientíficos intentan explicar los procesos mentales a partir del cerebro, y tengo entendido que se conoce bastante bien la función de las distintas áreas, los circuitos neuronales responsables de la visión, del habla, del razonamiento… Yo creo que cuando lleguen a conocer a fondo el papel de cada neurona, sabrán cómo llevamos a cabo todas nuestras acciones, pero todavía faltará algo. Faltará lo que nos hace decidir llevarlas a cabo, faltará lo que nos permite darnos cuenta de lo que percibimos, de lo que decidimos, de lo que hacemos.
    —Bueno, …
    —Por ejemplo, en el caso de la visión: un robot tiene sensores que le permiten percibir las mismas imágenes, con sus formas y colores, que percibimos nosotros. Las capta, las procesa, reconoce patrones, identifica objetos y puede moverse entre ellos sin tropezar. Pero no se da cuenta de lo que percibe. Lo mismo pasará cuando la neurociencia explique perfectamente todos los procesos neuronales que intervienen en nuestra percepción. Habrá explicado cómo percibimos, pero no cómo nos damos cuenta.
    —Vale, vale, lo pillo. ¿Y?
    —Volvamos a Sartre. Yo te percibo a ti como objeto, tú me percibes a mí como objeto. Yo quiero conocerte, yo quiero comprenderte, yo quiero captarte —«¡Yo quiero poseerte!», aullaba una voz que no era la que hablaba—, pero eso es imposible porque solo tengo acceso al objeto, no a la persona. Solo tengo acceso a lo que esa persona muestra como una cosa más del mundo, como un cuerpo. Tengo acceso a unos gestos, unas expresiones, un discurso, pero eso no es ella. Esas son las únicas maneras en las que ella se me puede dar a conocer. Se me da a conocer utilizando los recursos que le permite su corporalidad, su… versión cosificada, podríamos decir. Su avatar material. Pero ella no es eso. Utiliza unos recursos imperfectos para mostrarse, pero lo que es realmente, eso no me lo puede mostrar.
    —Bueno, no está mal que siempre quede ese ámbito de privacidad.
    —No, tampoco es eso. No es tu rinconcito privado —y aquí vislumbré una analogía paradójica: su otro «rinconcito privado» no era estrictamente privado; me lo podría mostrar, si quisiera, e incluso podría dejarme profundizar en él—. Eres tú. Tú eres inaccesible para mí. Yo soy inaccesible para ti. La empatía es una ilusión, un engaño. Como los Reyes Magos, como Papá Noel. El sexo por lo menos es de verdad, da lo que promete. Promete placer y da placer. Tú dijiste: «Empatiza con el otro, no te lo folles». Yo digo: Empatiza, si quieres, pero fóllatelo, si puedes. —«¡Puedes, puedes!», jadeaba aquella otra voz—. Empatizar te hará sentir bien, pero no creas que lo que estás sintiendo es lo que está sintiendo él. Eso es imposible. Déjate engañar, si quieres, porque no deja de ser un engaño. Y también digo: fóllatelo y tendrás una experiencia auténtica, una experiencia de placer, sin engaño. Y, con un poco de suerte o técnica, el otro también tendrá la misma experiencia. Bueno, la misma, no, eso es también imposible. Algo parecido. Esa es toda la empatía que se puede tener.
    —¿El orgasmo simultáneo es la máxima empatía que se puede tener?
«¡Joder, qué buen título para un paper!», me dije. «El orgasmo simultáneo: un análisis metafísico de las condiciones de posibilidad y los límites de la empatía entre humanos». El jefe siempre me decía que no sabía poner títulos sexis a mis publicaciones y que por eso no las leía nadie. Este título le dejaría boquiabierto.
    —No me lo había planteado, pero… ahora que lo dices, sí, diría que sí.
    —Bueno, no sé muy bien qué responderte, tú eres filósofo y yo no. No me veo capaz de demostrar que estás equivocado. Pero, como científica, sí que te puedo decir una cosa. Me da la impresión de que tu postura es contraria a la ciencia. Cuando dices que una persona es inaccesible para los demás, estás diciendo también que es inaccesible a la ciencia. Y no sé cuál será la solución a ese problema difícil, que ya veo que sí, que es difícil, pero tiene que poder solucionarse. Una nueva teoría, un nuevo enfoque, no sé. Todo debe poder ser explicado por la ciencia, aunque en un momento determinado no sepamos muy bien cómo enfocarlo, aunque no sepamos ni por dónde empezar. Pero tiene que llegar a ser accesible. En los inicios de la ciencia, las células no eran accesibles; ahora lo son y podemos explicarlas. Y luego hicimos accesibles las moléculas, los átomos, los protones, los quarks… Todo tiene que ser accesible por principio. Porque lo contrario es imposible. Si no es accesible, ¿qué clase de cosa es? Las personas estamos hechas de células, de materia viva, de reacciones bioquímicas. Todo lo que hay en nosotros, todo lo que hacemos, todo lo que somos capaces de hacer, ha de tener una explicación. Como el resto de la naturaleza. Como el resto del universo.
    —Yo creo que el problema difícil no tiene solución y que las personas somos inaccesibles. Tú no eres el conjunto de tus células. Conociendo perfectamente todas y cada una de tus células, no sé nada de ti.
    Pensar que era imposible un acceso metafísico a su ser esencial me consolaba de que fuera imposible un acceso físico a su cuerpo carnal. ¡Y luego dirán que la filosofía no sirve para nada!
    —Bueno, sí, hace falta algo más, la interconexión, la funcionalidad, no sé, algo más que no sé qué es, pero que tiene que poder ser conocido y explicado por la ciencia. Si no, ¿qué sería? ¿Un espíritu misterioso?
    —Un narrador.
    —¿Un narrador?
    —Sí. Lo que tú eres realmente es el narrador de tu vida. La narradora, quiero decir.
    —Me parece que estás… esquivando el problema. Un narrador… Un narrador es alguien; tiene que existir para poder narrar, y será algo, además de narrador. No te puedes centrar en que es narrador y olvidarte de todo lo demás, de que tiene que ser algo más.
    —¿Te acuerdas de las etapas de la evolución de la conciencia?
    —Sí, más o menos. Campo perceptivo…
    —…mundo objetivo y autoconciencia. En la etapa final, la de la autoconciencia, el sujeto, que antes solo percibía, se convierte en una cosa más del mundo objetivo. Pero eso parece imposible. No se puede ser a la vez sujeto y objeto, no se puede ser a la vez el que mira y la cosa que mira. Lo que hace es desdoblarse. En realidad, no somos un solo yo, sino dos: el yo narrador y el yo narrado. El mundo objetivo es un mundo narrado, puesto que está formado por cosas que existen por sí mismas, independientemente de que las percibamos o no. Lo que no percibimos, nos lo inventamos.
    —¿Cómo que nos lo inventamos?
    —En la primera etapa, la del campo perceptivo, todo lo que hay está a la vista. Después, cuando creemos que no solo hay lo que está a la vista, sino también cosas que hemos visto y ahora no vemos, o cosas que aún no hemos visto pero que podemos acabar viendo, o cosas que no hemos visto y no veremos nunca, pero que condicionan el comportamiento de otras cosas que sí podemos ver… entonces ya hay una narración, una historia. Muchas historias, realmente. Cada cosa tiene la suya. Esa infinidad de historias que se entrecruzan sería inmanejable si no fuera porque las referimos todas a una sola cosa, a la cosa central, al protagonista. Y ese protagonista es el sujeto que se introduce a sí mismo en el mundo objetivo. Adquiere así una perspectiva, un punto de vista, y la historia que nos importa está formada por todo aquello que tiene relación con ese protagonista. Y eso incluye tanto lo que sabemos de esa historia como lo que no sabemos pero necesitamos saber, y esto último nos lo inventamos.
    —Me parece complicado, confuso y… poco científico.
    —Bueno, nadie dijo que fuera fácil. Pero, viendo lo fácil como complejo, podemos ver lo complejo como fácil.
    —¿Qué quieres decir? Suena a aforismo zen.
    —Piensa en el «darse cuenta», esa diferencia misteriosa entre un humano y un robot: nosotros nos damos cuenta de lo que percibimos; él, no. Mi propuesta hace que caiga el velo del misterio. El protagonista de la narración, el avatar material, que es como una marioneta en manos del narrador, percibe como un robot. El narrador se da cuenta de lo que el protagonista está percibiendo, lo analiza y le da instrucciones sobre cómo debe actuar.
    —¡Vaya alucinada!
    —Al que la ciencia estudia es al sujeto objetivado, al yo narrado. Ese yo es robótico: tiene una gran cantidad de mecanismos para percibir y actuar, y eso es lo que la ciencia puede explicar, esos mecanismos. Pero no se da cuenta ni decide: es el narrador quien lo hace. El narrador es el que se da cuenta de lo que su avatar material percibe. Por esa razón, la ciencia no puede explicar la conciencia, ni la decisión consciente. No están en el objeto de su estudio. No están en el objeto que es manejado por el sujeto narrador. Están en el propio sujeto narrador.
    —Todo eso son teorías especulativas e indemostrables. Muy bien trabadas, eso sí, y expresadas de una forma… elegante.
    —¡Vaya! Gracias por llamarme elegante.
    —A tu lenguaje. No te flipes.
    —Bueno, yo soy el narrador. Si mi lenguaje es elegante, es mérito mío.
    —De tus neuronas. Yo admiro tus neuronas como tú admiras otras partes de mi cuerpo. Con la diferencia de que las partes que tú admiras son las visibles. Eso quiere decir que tú eres más superficial que yo. Más animal.
    ¡Vaya giro! Casi me mareo.
    —Admiro tus partes visibles, sí —reaccioné, un poco vacilante, un poco balbuceante—, mi cuerpo se… encabrita al percibir tu cuerpo, eso… eso no lo puedo negar. Pero lo que más admiro es lo que veo en el fondo de tu mirada —concluí, satisfecho de haber respondido a su giro con otro giro.
    —La retina.
    —No. La retina está en el fondo del ojo. No me refiero a lo que hay en el fondo del ojo, sino de la mirada.
    —¿Y qué hay en el fondo de mi mirada?
    —Tú.
    —Pues yo veo que tu mirada adquiere un brillo especial cuando miras otras partes más… voluminosas de mi anatomía. Creo que me ves más como la propietaria de este par de tetas que de esa mirada tan… espiritual de la que hablas.
    Y, como si no hubiera dejado claro a qué parcela de la realidad objetiva se estaba refiriendo, se comprimió el pecho apretándose con los antebrazos por uno y otro lado y balanceó ligeramente el tronco. No me suena que en física haya una ley de conservación del volumen, aunque, no sé, tampoco es mi especialidad, pero, en este caso, el volumen pectoral que no podía expandirse hacia los lados se expandió hacia delante, y yo era lo que había delante. Tragué saliva. Desvié la mirada. Ella sonreía, satisfecha de la contundencia de su argumento. De los dos.
    —Bueno, quizá sí; me puedo reconocer culpable de eso. —No me sentía culpable; lo dije por complacerla. Había sido todo lo respetuoso que podía ser. Desde el primer día me había cuidado mucho de no enfocar mi mirada en su espectacular dotación mamaria. Y estábamos hablando de la mirada, no de la imaginación—. Pero hago mal. Tu yo auténtico es el que mira. Un robot ve y es capaz de reaccionar ante lo que ve, pero no sabe mirar. Mirar revela una intención y detrás de esa intención estás tú, está lo que realmente eres. Detrás de cualquiera de tus intenciones, detrás de cualquiera de los actos que llevas a cabo con una intención, está tu yo real. La mirada es especial porque es la conexión más directa de tu yo con el exterior, y uno siente que, igual que a través de ella tu yo capta el exterior, quienes estamos en el exterior podríamos captar tu yo a través de ella. Y, además, me puede mirar a mí, y al hacerlo revela la intención de verme, y nuestras miradas se pueden cruzar, y eso es un encuentro de lo que tú eres realmente con lo que yo soy realmente. Y eso es… mágico.
    —¿Mágico? —otra vez la sonrisa burlona. Burlona y… sexi.
    —Mágico en el sentido de sobrenatural. Inexplicable desde la ciencia, inaccesible a cualquier explicación objetiva, porque no se trata de un encuentro entre seres que forman parte del mundo, sino que, a través de ese intercambio entre esos seres que forman parte del mundo, se encuentran dos seres que están más allá del mundo. Al otro lado del relato.
    —Al otro lado del relato, ¿eh? Muy mágico y muy poético. Nada riguroso, nada preciso, nada científico.
    —Que no sea científico no quiere decir que no sea cierto.
    —No sé si eso es posible.
    —Te lo demostraría ahora mismo si tuviera tiempo. Pero tengo que irme.
    Podía haberme quedado un poco más, pero preferí dejarla con la incertidumbre de si lo conseguiría o no. El problema era que yo me quedaba con la misma incertidumbre.

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