Un compendio de mis deambulaciones literarias y filosóficas, y otros yerros.
 
Todavía otra religión

Todavía otra religión

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    —Quise fundar una religión en la que la divinidad se expresaba en los reflejos de la luz del sol en las aguas del mar, o de un lago o un río, especialmente cuando la superficie está ligeramente agitada.
    —¿Se expresaba? ¿Cómo se expresaba?
    —Bueno, decir que se expresaba no es del todo correcto, porque hace pensar que la divinidad era una cosa diferente, una entidad diferente, que estaba en un ámbito inaccesible para nosotros y que se nos mostraba de manera indirecta mediante ese recurso.
    —Y no era así.
    —No. En mi nueva religión la divinidad era eso, eran esos reflejos. Era una nueva realidad que emergía ante nuestros ojos cada vez que presenciábamos ese espectáculo, esa fusión del sol y el agua. Las dos fuentes de la vida. Una realidad que emergía para nosotros, para quien la miraba, para quien la supiera mirar, porque es evidente que la visión del reflejo del sol solo existe si alguien tiene esa visión. La divinidad era, pues, la conjunción de tres cosas: sol, agua, conciencia que mira.
    —La conciencia que mira…
    —La conciencia que mira era un elemento esencial para la manifestación de la divinidad: si nadie mira, no hay manifestación, y por tanto no hay divinidad. Al ser esencial, esa conciencia era también parte de la divinidad. Eso tampoco es exacto. No era una parte en el sentido de que la divinidad estuviera compuesta por esa y otras partes. Porque la conciencia que mira se disuelve al contemplar la manifestación de la divinidad. Esa contemplación consiste en la fusión de la conciencia con lo que contempla. Hay un momento, cuando uno observa la continua aparición y desaparición de un incontable número de reflejos en el agua y lo hace sin más intención que la de observarlos, en que uno pierde la percepción del tiempo y el sentido de la realidad ordinaria. Inadvertidamente. Cómo podría ser consciente de ello, si lo que sucede en ese momento es la disolución de su conciencia. Y, de la misma manera, cómo podría recordarlo después, si mientras eso sucede su conciencia no existe. Nos hacemos infinitos y eternos cada vez que nos dejamos llevar por esa contemplación sagrada. Esa es nuestra existencia real, y no es una existencia individual ni está sujeta a los vaivenes de este mundo en el que creemos vivir. Porque este mundo no es real. Es… ¿Cómo podría decirlo? Son momentos de distracción, de alienación, de oscuridad, que se desgajan momentáneamente de la realidad esencial y son reabsorbidos enseguida, aunque en nuestra escala ese «enseguida» sean días, años o toda una vida: los intervalos entre momentos de contemplación sagrada.
    —¿Por qué otra religión más? ¿No existen ya todas las que podemos necesitar?
    —Al principio me planteaba esta pregunta una y otra vez. Pero era por un problema de inseguridad personal. Lo cierto es que tengo una buena respuesta. Nunca he creído en Dios. La creencia en Dios es irracional, está llena de contradicciones. Una vez discutí con un creyente y al final me dijo: la razón no puede demostrar que Dios exista, pero tampoco que Dios no exista. Yo le respondí que, aunque eso sea cierto, los indicios más claros apuntan a que no, y, por tanto, en ausencia de una demostración en favor o en contra, lo razonable es creer que no existe. Solo una evidencia directa podría hacerme creer en Dios: que se me manifestara, que me permitiera percibir su existencia. Lo cual, por cierto, debería hacer, pues si no lo hace me está engañando: me ha proporcionado unos instrumentos para conocer la verdad que me llevan a pensar que no existe. Por otra parte, reflexionaba a menudo sobre la vida y la muerte y encontraba que ahí también hay algo contradictorio y absurdo. La vida se acaba, todo lo que somos desaparece un día. Y lo sabemos. Eso es lo contradictorio: que seamos capaces de pensar en el infinito, en lo absoluto, en lo eterno, en lo que había antes y en lo que habrá después, y sepamos que nuestra vida tendrá un final. Llegué a obsesionarme con esa idea; me hacía vivir permanentemente angustiado. Solo estaba tranquilo y sereno cuando dejaba de pensar en ella. Me gustaba pasear por la orilla del mar, y me di cuenta de que a veces me detenía fascinado por la visión de los reflejos del sol en las olas y transcurría el tiempo sin que yo me diera cuenta, y mientras tanto no sentía ninguna angustia. Un día se me ocurrió que esa visión podía considerarse como una manifestación de la divinidad, como aquella manifestación que yo había dicho que me haría creer en Dios.
    —Si entiendo bien, la visión del reflejo en las olas era la visión de la divinidad. Pero esa visión es algo demasiado… trivial para ser considerado como la prueba definitiva de su existencia. ¿No?
    —No. Porque, ¿cómo tendría que ser una manifestación de la divinidad para ser considerada la prueba definitiva? Uno se imagina un fenómeno sobrenatural: se abren los cielos, desciende una bola de luz y resuena una voz atronadora en todo el universo: «Soy Dios». Pero eso no bastaría. Tendría que aclarar qué Dios era: el del cristianismo, el del Islam, el del judaísmo… Porque a partir de ese momento yo querría seguir sus principios para asegurarme la vida eterna. ¿Tendría que confesarme, peregrinar a La Meca, circuncidarme? Y uno podría pensar que lo que estaba viendo era algo artificial, un gigantesco holograma creado desde drones o satélites gracias a la inteligencia artificial, quizá la campaña promocional de la nueva serie de una plataforma audiovisual. No bastaría con que dijera «Soy Dios». Tendría que dar muchas explicaciones. Por qué permite el mal en el mundo, por qué le preocupan tanto nuestras prácticas sexuales, o lo que comemos o cuándo lo comemos. En realidad, una aparición de Dios no serviría para acabar con lo absurdo y contradictorio de la religión. Pero lo que me pasaba a mí cuando veía los reflejos de sol no demostraba nada y, sin embargo, me cambiaba la vida, me cambiaba la conciencia, me disolvía las dudas, me hacía sentir intemporal. Era mucho mejor que un grandioso espectáculo de luz y sonido. Y entonces lo vi claro: las religiones han perseguido siempre un objetivo importante, valioso, imprescindible, quizá: proporcionarnos serenidad ante el gran absurdo de la vida, ante la muerte. Una manera de entender el mundo, el ser humano y la vida, que no sea refutada por la muerte. Las religiones han intentado siempre mejorar la experiencia vital del ser humano, sí, pero… no lo han hecho muy bien. Porque nos presentan una visión del universo, del ser humano y la vida que, hoy en día, ninguna persona sensata puede tomarse en serio. Yo me di cuenta de que podía hacerse mejor. Y lo quise hacer. Me sentí obligado a hacerlo.
    —Bueno, bueno, ya tengo bastante. Vamos a empezar con un tratamiento conservador. Creo que bastará. Una de estas por la mañana, en ayunas, y una de estas al irse a dormir. Volveré a hacerle un control dentro de quince días y veremos si hay que cambiar algo. Pida hora en recepción. ¿Vale?

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